La esperanza

La esperanza, esa vivencia cuyo nombre tan merecidamente rima con el de la confianza, dista de ser, como tantos suponen, equivalente a la fe religiosa. Con ella puede o no estar enhebrada y es saludable advertir porqué resulta abusiva esa identificación.

El esperanzado sabe confiar, cuando no es creyente, en sus propias fuerzas sin recurrir a esa ayuda celestial para enfrentar la adversidad que lo acosa. No se trata, en tal caso, de suficiencia o jactancia. Menos aún de omnipotencia. Se trata, simplemente, de otra manera de ser. De otro posicionamiento subjetivo ante la realidad. Y más maduro es, en ambos casos, aquél que menos despectivo se muestra hacia quienes no comparten su perspectiva.

Por lo demás, la existencia para el hombre esperanzado es siempre insistencia, perseverancia, tenacidad. Ya se trate de alguien que recurre a la eternidad para poder sostenerse en el tiempo, ya de alguien que encuentra, en su propio temple, la energía necesaria para librar su batalla.

Resulta igualmente cierto que la esperanza tampoco equivale al optimismo, mejor emparentado con el pesimismo, por absurdo que a primera vista pueda parecer.

El optimista no duda que se encamina hacia un horizonte luminoso que está a su espera en el porvenir. En él, asegura, se disolverá de una buena vez la tenaz adversidad del presente. El pesimista invierte el pronóstico del optimista pero adopta su misma postura oracular. Asegura conocer el curso venidero de las cosas que, sentencia, será tan malo o peor que el actual. Ya lo sabe todo y solo le cabe aguardar que los hechos ratifiquen su certeza. La historia para él es redundancia. Lo suyo es militancia al servicio de un facilismo que lo subordina a la imposibilidad de interrogar lo que sucede en busca de evidencias novedosas o de algún matiz que impida sus generalizaciones apresuradas.

El hombre esperanzado, por el contrario, no cuenta con semejante poder premonitorio. Busca con decisión abrirse un espacio provechoso en su presente, sin que para ello lo decisivo sea contar con la certeza de un porvenir redentor. Su fortaleza tiene por asiento una muy íntima convicción: la que le dice que la dignidad que da sentido a su vida consiste en la templanza con que sepa hacer frente a cuanto lo acosa y busca quebrantarlo. En esa dignidad se reconoce. Ella es, a la vez, su herramienta primordial. La existencia, para él, es insistencia en el cumplimiento de esa convicción.

*Extracto de artículo De Santiago Kovadloff en https://www.lanacion.com.ar/opinion/columnistas/sin-titulo-nid2224355

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