LA INFOXICACION

LA INFOXICACION

La “infoxicación” es un neologismo acuñado por el físico y experto en comunicación Alfons Cornella para definir el exceso de información. Es lo que nos intoxica cuando la información que nos rodea, o aquello que creemos que debiéramos saber, supera nuestra capacidad de asimilación.

Cuando más es menos. En el origen de este trastorno está el volumen creciente de estímulos que nos asalta diariamente. Si bien es un fenómeno que se conocía antes de la pandemia del #Covid19, en esta difícil circunstancia que atraviesa el mundo, clara y evidentemente se ha agravado. La información que generamos y recibimos se multiplica cada vez más y nos sentimos angustiados ante la imposibilidad real de estar al día. 

Entre whatsapps y sus grupos, video conferencias, correos electrónicos, sms, mensajes al buzón de voz y llamadas telefónicas, el globo de información al que tenemos que dar respuesta se va hinchando exponencialmente.

A estos estímulos personales tenemos que sumar las redes sociales, la radio, la televisión, la publicidad en los medios escritos y audiovisuales, los mensajes que nos llegan desde el trabajo, dentro de casa con la familia… Todos estos inputs sumados producen un agotamiento intelectual creciente que puede derivar en diferentes grados de ansiedad. 

La sensación de que no podemos con todo acaba generando depresión y aislamiento, ya que la persona infoxicada no pierde la esperanza de ponerse al día y se zambulle cada vez más en su estrés comunicacional.

Complica esta situación “el nivel de ruido informativo”, que es es tan grande que sacude nuestros cuerpos y nos aparta de los ritmos naturales. Este asalto del ruido y otros estímulos a través de nuestros oídos, mentes y cuerpos añade una carga extra de estrés a todos los que intentamos sobrevivir en un entorno que, de hecho, ya es altamente complejo.

Datos, información, inteligencia y filosofía

Los datos –las cifras, la cantidad, la anécdota, el suceso– son la materia prima de la información. Lo que hoy se escucha como noticias son generalmente datos, “sucedió esto o aquello”, y se supone que en las imágenes, fotografías o filmaciones que se muestran estamos viendo la realidad; pero se nos olvida que la cámara no capta todo, sino lo que quiere captar el que la maneja, o lo que queda tras ser editadas las tomas parciales. Datos son fechas, lugares, nombres; lo que en realidad tenemos no es un exceso de información, sino un exceso de datos.

La información es la capacidad de responder preguntas que expliquen los datos, por qué sucedió esto o aquello, cuál es la razón de que las cifras suban o bajen. La información requiere, necesariamente, del pensamiento. Una secuencia rápida de imágenes, sonidos y locución puede resultar impactante para convencer al consumidor o al elector, como ya advertía Vance Packard al final de los años 50, pero no permite hacer el proceso reflexivo que lleva a comprender el porqué de los sucesos. 

El océano de datos que recibimos diariamente y a los que tenemos acceso, solo puede ser útil en la medida en que lo podamos procesar como información. No basta con estar enterado de que algo sucedió, es necesario saber por qué sucedió, en qué entorno y contexto sucedió; ahí sí vamos a estar informados; antes de eso solo estaremos impactados e, incluso, saturados por exceso de impacto. Los datos dicen lo que está sucediendo, pero la información nos ayuda a comprender por qué sucede.

La inteligencia es, fundamentalmente, la capacidad de discernir: saber qué es una cosa, qué es otra y cuál es la diferencia entre ambas. Puede parecer sencillo, pero para lograr el conocimiento necesitamos discernimiento, saber qué es lo correcto para poder diferenciarlo de lo que no lo es. Esto proporciona principios y criterios.

A través de los datos elaboramos un proceso de pensamiento. Pero para que toda información sea algo útil, es necesario aplicar el discernimiento, evaluarla de acuerdo con un buen criterio, contrastarla con principios fundamentales para saber su validez. En definitiva, es la inteligencia la que produce el conocimiento.

El exceso de datos se transforma en una intoxicación cuando no puede ser digerido; para lograr esta asimilación es necesario pensar sobre ello para comprender hacia dónde van los procesos y no quedarnos solo con el impacto de los datos.

Es importante comprender lo que sucede, pero no basta; es preciso desarrollar la creatividad necesaria para resolver los desafíos; lograr un conocimiento prospectivo que permita adelantarse a los hechos; comprender el sentido de las cosas; en fin, es necesario tener conocimiento verdaderamente estratégico, que es el producto de la inteligencia. Todo ello es preguntarse, es hacer filosofía.

En una sociedad y en un momento en que difícilmente podemos vivir al margen de la información, se trataría de gestionar de forma más responsable y eficazmente nuestra forma de comunicarnos.

Particularmente en esta circunstancia que nos atraviesa una pandemia global, pero también en lo sucesivo, hay que diseñar instrumentos para reducir el ruido informacional y aumentar la productividad de nuestro tiempo de atención. 

Tenemos que aprender a comunicar más eficientemente: explicar historias más que dar datos; sintonizar lo que queremos comunicar con el momento de atención del receptor; presentar la información de forma útil, esperanzadora en lo posible y emocionante. Es información lo que sorprende, no lo que ya sabemos.

Al final, la información que llega sin criterio o sin pasión es ruido, y el ruido además de molestar, enferma por intoxicación.

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