La experiencia de sentirnos familiarizados con un nuevo momento que estamos viviendo, da origen al término «déjà vu», que significa literalmente «ya visto» en francés. Básicamente se trata de un suceso que se siente como que ya ha sido vivido.
Las últimas semanas que nos han tocado transcurrir en Argentina, institucional y económicamente hablando, si bien para algunos podrían tratarse de hechos hasta inéditos, para muchos otros que ya tenemos algún camino recorrido, no fueron otra cosa que un volver a vivir.
Mis recuerdos de hechos similares arrancan en 1975 con Celestino Rodrigo, el padre del Rodrigazo, tal como se conoce al estallido hiperinflacionario que se generara luego de la gestión de José B. Gelbard al frente del Ministerio de Economía y antes de la llegada del golpe militar del 24 de marzo de 1976.
Cómo olvidar a Lorenzo Sigaut y su famoso «el que apuesta al dólar pierde», para luego devaluar el peso un 30%, después que con la tablita de Martínez de Hoz, durante la dictadura se había generado una inflación de 3 dígitos.
No se puede evitar evocar en ese sentido también, sobre final de la presidencia de Raúl Alfonsín en 1989, al ministro Juan Carlos Pugliese quién dirigiéndose al mercado inmortalizara la frase: «Yo les hablé con el corazón y me respondieron con el bolsillo», dando comienzo al proceso hiperinflacionario que desembocaría en el adelantamiento de la entrega del poder.
Poco después Carlos Saúl Menem, asumiendo antes y probando en la faceta económica con Miguel Roig -fallecido en el cargo- y Néstor Rapanelli derivados de su alianza con Bunge & Born, para luego permitir la llegada de su amigo Erman Gonzalez, antes del arribo de Domingo Felipe Cavallo y su Plan de Convertibilidad, tal vez la única etapa de estabilidad que pudo experimentar el argentino de a pie, desde el regreso de la democracia, producto de una política económica que contaba con total respaldo político.
Y siguieron las experiencias del 2001 con el récord mundial de cambios presidenciales y funcionarios, el aplauso parlamentario al default, con el corralito y el corralón sumados a la Ley de intangibilidad de los depósitos, porque el que había puesto dólares recibiría dólares, y el que había puesto pesos recibiría pesos, para terminar cobrando los depósitos a la vista en cuotas, vendiendo los plazos fijos con factor de descuento para hacernos de liquidez y el dólar saltando de 1 a 3 pesos, cuando había pronósticos que lo posicionaban en 7.
Desde allí para acá, 20 años y pico después, todo es más reciente, y hemos sido contemporáneos por lo que no habría necesidad de detallarlo, aunque las cosas no por ello fueron menos graves, sino al contrario.
Podríamos afirmar que desde hace casi un siglo, los distintos liderazgos tanto políticos como económicos, sin distinción de bandera, tanto de origen democrático como dictaduras, no han logrado poner la proa de este barco llamado Argentina hacia un puerto previsible y por una ruta de mar calmo. No solamente siempre estamos generando olas perfectas, sino que además las encaramos por el medio, más cerca de un espíritu suicida que el de un surfista avezado.
Nuestro querido país hace rato que ha perdido su norte magnético y navega sin el rumbo de un plan estratégico social y económico, que logre trascender a las distintas administraciones en quienes vamos confiado el mandato de la voluntad popular.
Tristemente hemos sido testigos de renovados intentos de refundación -maquillados de transformación- ante la imposibilidad de hacerlo funcionar tal y como fuera concebido, sobre todo y con especial énfasis, cuando el respeto por aquel formato original no se adecuaba a determinados intereses de los sectores y/o personalismos en el poder.
La Argentina no está como está por un problema de nombres y de líderes. Bastante mal nos han hecho las miradas mesiánicas, las soluciones facilistas. La Argentina está mal por la carencia de ideas, por la carencia de políticas concretas, por una dirigencia cada vez menos representativa, que insiste en hablarle a un mundo y a un país que ya no existen.
No podemos permitirnos que poder y política pasen a engrosar la lista de las malas palabras argentinas. No deberíamos confundir la política con los políticos que supimos conseguir. No deberíamos ser espectadores pasivos cuando se advierta que el poder para servir que le hemos delegado a los gobernantes se utilice para ponerlo al servicio de su propio beneficio. ¿Aprenderemos alguna vez?.
La prosperidad de una nación no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las estrategias trascendentales implementadas por sus instituciones. Y solo debido a ellas, los países conseguirán acercarse a la materialización de su sueño fundacional.
Y ahora llega Sergio Tomás Massa. Tomando desde un súper ministerio, sin ser un súper ministro, un país desvastado, desde lo social, lo económco y lo financiero. Con un conjunto de anuncios de improbable cumplimiento y que de suceder serán solo un paliativo, pero que están muy lejos de un plan, y nada que ver con una estrategia, salvo la de sortear la emergencia.
La moneda está en el aire. Que no sea un «déjà vu». Por el bien de todos.
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