Los líderes de las organizaciones empresariales no están inmunes al síndrome de Hubris, que en sociología y política es un concepto que suele asociarse a las personas que presentan síntomas de narcisismo y megalomanía.
Definida como «la enfermedad del poder», genera que quien la sufre «piensa que sabe todo, que la realidad es la que él o ella cree que es, y no la que es, piensa que los otros no saben nada y, como tal, los desprecia».
¿Pero qué es exactamente el síndrome de Hubris? El hibris o hybris era un concepto del teatro griego antiguo que se podría traducir como «desmesura». Quienes lo padecían eran impulsivos, temerarios y orgullosos, a veces incluso se creían iguales o superiories a los dioses. Esta conducta llevaba a la «hamartía», un acto que usualmente terminaba en tragedia. La leyenda de Ícaro, quien murió por intentar volar como un pájaro, es tal vez, el ejemplo más claro de la Historia antigua.
El síndrome, sin embargo, «no está dentro del manual psiquiátrico», explica el doctor Harry Campos Cervera, psiquiatra y miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, aunque aclara que «eso no quiere decir que no pueda haber una patología».
«Es una mezcla de aspectos sociológicos y psicológicos», sostiene el médico. «En términos criollos, el síndrome de Hubris es, en realidad, creérsela«. ¿Quién no ha escuchado frases tales como “a éste se le subieron los humos”, “se emborrachó con el poder”, “subió muy rápido y se cree una maravilla”, “antes era sencillo ahora es un soberbio”, «se encandiló con las luces» ?
«Cuando alguien asume un rol de liderazgo, está asumiendo esa investidura, pero esa investidura no es él. Y cuando por el uso del poder tiene gente a su alrededor que lo alaba todo el día y que le cuenta las cosas de una determinada manera que al líder le agrada escuchar, cualquier persona puede ir perdiendo conexión con la realidad o sentirse megalómano, o pensar que es enemigo cualquiera que se opone», detalla Campos Cervera.
Muchos de los grandes problemas de clima organizacional y de desempeño de las empresas provienen de que sus directivos padecen la enfermedad del poder.
Los síntomas pueden advertirse en un enfoque personal exagerado al comentar asuntos corrientes, o en una confianza desmedida en sí mismo, y también cuando se actúa con imprudencia e impulsividad acompañado de un sentimiento de superioridad sobre los demás.
Para estas personas hay rivales que deben ser vencidos no importa el precio, la pérdida del mando o de la popularidad termina en la desolación, la rabia y el rencor, y suelen despreciar los consejos de quienes los rodean, alejándose progresivamente de la realidad.
El comportamiento Hubris es un factor predominante en el fracaso de una empresa. Aunque la compañía sea exitosa, si el CEO o sus principales dirigentes han entrado en un proceso de internalización de los elogios recibidos acerca de su desempeño, es muy probable que su actitud arrogante lleve a la empresa por la dirección equivocada.
Por ejemplo, en procesos de fusiones & adquisiciones, está demostrado que este tipo de personajes puestos a decidir una compra, paga más por la compañía de lo que realmente vale. Asumen mayores riesgos, acumulan el poder, se niegan a ser removidos, minimizan sus errores y toman decisiones sobre cómo perpetuarse en su puesto.
Dentro del mismo panorama, su relación con el personal de la organización también se ve afectada, puesto que prevalece una actitud basada en la intimidación y terror hacia los colaboradores.
Toman lugar diversas situaciones en donde el directivo está cerrado a escuchar otras posturas o consejos, no está dispuesto a pedir ayuda y decisiones importantes son tomadas por éste de forma aislada.
Al sentir que están por encima de los demás, manipulan las reglas y se vuelven susceptibles a los fraudes. Asimismo, pueden llegar a invitar a sus amigos y familiares a formar parte de la empresa o del Consejo de Administración transgrediendo las normas de la compañía, pagando ésta las consecuencias de sus acciones.
Los síntomas del Hybris se agudizan cuando los líderes permanecen en el poder mucho tiempo y hay ausencia de conflicto, ya que desafortunadamente los colaboradores no siempre tienen la confianza para expresar sus desacuerdos.
Menudo desafío es abordar por parte de las organizaciones la solución del problema. Al igual que toda otra enfermedad, se puede prevenir. Estamos hablando de anticiparse a algo que se desencadena en el interior de las personas y afecta a la organización. Por lo tanto la propia organización tiene que disponer dispositivos que inhiban que el ejercicio de poder tenga dichas consecuencias.
En opiniones de psicólogos laborales y neurólogos, aparecen dos opciones: la primera es hablar con “el paciente” sobre lo que está sucediendo, ya que en casos como éstos el enfoque es único y no se logra obtener una visión completa, porque la persona ve sólo lo que quiere ver. La segunda opción es quitarle el poder; pero no queda claro quién se responsabiliza de ello y si conviene hacerlo en modo de shock o paulatinamente.
Aunque la mejor cura consiste en invitar al candidato a que intente darse un baño de modestia. Recordándole que siempre tenga en la cabeza esta cita, atribuida a Eurípides: «Aquel a quien los dioses quieren destruir, primero lo vuelven loco».
