La verdad, es una cosa esquiva, nunca fue de acceso fácil. Desde siempre, su suerte dependió de quién la contaba y de quién la escuchaba. Pero en estos tiempos, donde la posverdad manda, ya ni siquiera importa si existe: lo que impacta es la versión que gana la pulseada.
Antes, la discusión sobre la verdad tenía cierta dignidad. Se podían tergiversar datos, acomodar interpretaciones, jugar con las palabras, pero el hecho en sí—lo que efectivamente había ocurrido—seguía siendo el punto de referencia. Hoy, en cambio, los hechos pasaron a ser un estorbo para el relato, un obstáculo molesto que se puede ignorar si no encaja en la narrativa dominante.
Las redes sociales, en su afán de democratizar la información, terminaron nivelando todo: la ignorancia es similar al conocimiento, la evidencia científica y la opinión de un desconocido valen lo mismo, siempre que tengan suficientes seguidores que los compartan. Cada tribu ideológica levanta su propia versión de la realidad y la defiende con uñas y dientes. ¿Qué importan los hechos cuando se puede construir una historia más atractiva?
Si alguna vez existió la verdad con mayúsculas, esa inmutable y objetiva, estaba condenada de antemano. No porque los hechos no existan, sino porque siempre los vemos a través de nuestros paradigmas: culturales, ideológicos, emocionales. Hay verdades difíciles de torcer—el agua hierve a 100°C a nivel del mar, la Tierra es redonda y la muerte no distingue ideologías—pero cuando entramos en el terreno de la historia, la política o la economía, la cosa se vuelve nebulosa. La misma realidad se reescribe al ritmo de «likes y retuits», y lo que hoy es un escándalo mañana será una simple nota al pie en la memoria selectiva de las redes.
Entonces, ¿qué hacer? Porque uno, con el modesto deseo de enterarse qué carajo pasa o pasó en el mundo sin que le vendan pescado podrido, se encuentra involuntariamente en medio de este chiquero informativo. La búsqueda de la verdad se trata de una tarea detectivesca, así que lo primero es asumir que la objetividad pura es un mito y que nadie, absolutamente nadie, está libre de sesgos. Lo segundo, entrenar el olfato. Leer todo con desconfianza, comparar versiones, preguntarse siempre «¿a quién le conviene que yo crea esto?». Y lo tercero, y tal vez más importante, resistirse a la tentación del pensamiento cómodo. Porque lo fácil es quedarse con lo que confirma nuestras ideas; lo difícil es bancarse la incomodidad de descubrir que, quizás, estábamos equivocados.
En tiempos de posverdad, la verdad no ha muerto sino que sigue existiendo, pero encontrarla exige esfuerzo, paciencia y, sobre todo, la valentía de aceptar que, muchas veces, no es la que queremos escuchar.
