Tecnología: ¿Evolución o Jaula Dorada?

Tecnología: ¿Evolución o Jaula Dorada?

Los «Baby Boomers» como yo hemos sido testigos de una transformación brutal: de hogares sin televisión a un mundo hiperconectado donde la realidad virtual, el metaverso y la inteligencia artificial prometen —o amenazan— redefinir nuestra existencia. La tecnología nos ha dado comodidades impensables, pero también plantea preguntas incómodas. ¿Nos hace más humanos o nos convierte en piezas de un engranaje diseñado para atraparnos?

Vivimos en una época en la que la memoria es externalizada en la nube, la comunidad se ha vuelto digital y hasta la gestión familiar podría tercerizarse por suscripción. Todo esto parecería llevarnos a un punto de no retorno donde la línea entre lo real y lo simulado se difumina. Pero, si la tecnología es inevitable, se hace esencial su cuestionamiento para que mejorada, aporte a nuestra calidad de vida.

No hay que perder de vista lo esencial y hay al menos tres razones de peso para hacerlo. Primero, porque nadie quiere ser dominado, ni uno mismo ni sus hijos. Segundo, porque la tecnología, aunque facilita la vida, puede también estar atrofiando nuestras capacidades. Tercero, porque hay un movimiento claro hacia la «deconstrucción» de lo humano para dar un salto evolutivo tecnológico. Es decir, no solo se trata de herramientas, sino de un rediseño profundo de nuestra naturaleza.

Y aquí entramos en un terreno farragoso. ¿Realmente estamos entendiendo cómo la tecnología nos afecta? ¿Cuánto de nuestro comportamiento es decisión propia y cuánto es producto de una manipulación cuidadosamente diseñada?

Este dilema tomó aún más fuerza tras ver «Adolescence», la serie que generó tanto revuelo como conversaciones. Sin pretender «spoilearla», plantea el impacto de los móviles y las redes sociales en la vida de los jóvenes, pero lo hace con una mirada que, a ratos, exagera y mezcla hechos sin llegar a una conclusión clara. Y quizás ahí está el punto: no tenemos certezas sobre cuánto nos está afectando la tecnología. La pregunta no es si los smartphones son buenos o malos, sino qué hacemos con ellos y cómo modelan nuestra forma de pensar y actuar sin que nos demos cuenta.

El problema de la brecha generacional y la paradoja del control se vuelve más evidente cuando hablamos de los adolescentes. Padres y educadores intentan controlar el impacto de los teléfonos inteligentes en la vida de los jóvenes, pero los estudios sugieren que prohibir su uso en los colegios no marca una diferencia real. Las horas frente a la pantalla se acumulan igual, y el problema no está solo en dónde o cuándo lo usan, sino en cuánto lo hacen.

Lo mismo ocurre con la lectura. Se debate si los jóvenes leen menos o si simplemente leen distinto. Quizás el problema no es la falta de hábito, sino la desconexión entre lo que se les impone y lo que realmente les interesa. Pretender que una generación criada en un ecosistema digital se entusiasme con lecturas impuestas sin adaptación a sus contextos es no entender la raíz del asunto.

Entonces ¿hacia dónde vamos?. La tecnología no es neutral. Marshall McLuhan lo dijo con claridad en los años 60: «El medio es el mensaje». No solo importa lo que consumimos, sino cómo lo consumimos. Y ese «cómo» está cambiando la forma en que pensamos, nos relacionamos y vivimos.

No se trata de renegar del avance tecnológico ni de caer en un alarmismo estéril, sino de asumir un rol activo en la forma en que lo incorporamos en nuestras vidas. No podemos detener el progreso, pero sí podemos decidir cómo queremos relacionarnos con él. La pregunta clave sigue siendo: ¿nos está haciendo mejores o simplemente diferentes? La respuesta, al final, dependerá de qué tanto estemos dispuestos a reflexionar antes de seguir adelante sin mirar atrás.

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