Hace ya algunos años, cuando pasé de trabajar como profesional independiente a gerenciar dentro de una gran empresa, en la bienvenida alguien me tiró una frase —entre inquietud y advertencia— que todavía me resuena:
«Mirá que ahora vas a tener que trabajar con equipos. ¿Cómo vas a hacer?»
El prejuicio me hizo sonreír. Porque siempre trabajé con y en equipos. Sí, como advisor. Pero sobre todo —aunque no figurara en mi CV— bastante antes de eso: en la cancha, en los vestuarios, en esos partidos donde todos sabíamos que solos no llegábamos a ningún lado.
Lo que nunca me había pasado —y ahí sí fue un shock— era entrar a una reunión donde había que justificar por qué el equipo importa, o explicar la diferencia entre colaborar y competir por el objetivo. Tampoco había vivido eso de “alinear cultura”, como si la cultura se pudiera decretar por Zoom o pegar en las paredes en forma de frases motivacionales.
En mis equipos de antes —los de verdad— nadie necesitaba repetir la misión o debatir los valores. Ya los vivíamos. Sabíamos por qué jugábamos, qué rol teníamos y cuándo había que correr por el otro aunque no nos vieran.
La diferencia es que allá los equipos eran en serio. Acá, muchas veces, fueron (o son) una etiqueta. Un acting de colaboración entre áreas que no se soportan. Un tablero de KPIs donde nadie pone el cuerpo.
Y sin embargo, todavía —por terco que soy— y en cualquier actividad grupal que encaro, sigo buscando esa química vieja y poderosa: la que no se fuerza, la que aparece cuando hay confianza, propósito y la piel está puesta en el juego.
Porque una vez que fuiste parte de un equipo que funcionó de verdad, lo demás te resulta un simulacro. Y uno se harta de los simulacros.
Así que sí, trabajemos por equipos —en cualquier ámbito—, pero de verdad. No con slogans, ni con “espíritu de colaboración” en las tazas de café. Sino con roles claros, propósito compartido y gente que entienda que, cuando gana el equipo, ganamos todos. Y que nadie, nadie, se salvó solo.
Y si no te tocó un equipo así, no te resignes. Seguí buscándolo, construyéndolo, provocándolo. Porque esa inigualable sensación de estar en el mismo barco sin tener que convencer a nadie, ese maravilloso privilegio de pertenecer a un equipo que no necesita facilitadores, ni coaching, ni rituales de integración…
…eso no se olvida jamás.
Porque no hay nada más transformador que estar en un equipo donde no hace falta fingir que lo sos.
