Los griegos fueron los creadores del ocio, un tiempo al que dedicaban la mayor parte de su día, haciendo gala a la expresión del ser. Allí se relacionaban con el arte, con la filosofía, el deporte, el cuidado del cuerpo y la espiritualidad. Era un espacio libre de recreación que tenía como fin desarrollar los talentos naturales, adquirir nuevas destrezas y era tomado como un medio para procurar su vasto crecimiento intelectual, cultural y politico.
El negocio dice la historia, surge con los romanos y claramente fué una declaración de oposición a aquella corriente, la de negación de todo lo que fuera ocio, ya que según ellos, su pueblo entendía mejor el trabajo que el placer. “Negotium” constituía el entendimiento literal de “lo que no es ocio” y propiciaba la generación de acciones o ocupaciones laborales basadas en la lógica, como aspecto central.
Y desde allí vienen ambos, tanto el ocio como el negocio son parte natural del ser humano, y por tanto deberían coexistir en equilibrio, sin entrar a demonizar ninguno, porque moralmente ninguno es bueno ni malo en sí mismo; la diferencia está en cómo los vivimos.
En la actualidad, como una continuación de la postura romana, existe la creencia de que el negocio es más bien, un aspecto virtuoso en las personas, sin embargo los griegos consideraban al ocio como uno de los caminos hacia la sabiduría .
Es muy común desde la mirada de los negocios el hecho de asociar el término ocio al de la pereza y/o la desidia, pretendiendo asimilarlo a la ausencia de productividad o ineficiencia, cosa que nos llevó a acostumbrarnos a ver al ocio como ese lugar pasivo, como un paréntesis de lo laboral, cuando en realidad es o debiera ser todo lo contrario.
El ocio es ese espacio donde el individuo se encuentra consigo mismo, cuando descubre a su auténtico ser. En realidad podríamos decir a modo de sintetizarlo que uno es lo que hace con sus tiempos libres.
El negocio debería nutrirse de todo lo generado en el ocio y el ocio tendría que alimentarse de todo lo obtenido por el negocio. Son complementos de un círculo virtuoso que agrega valor como conjunto.
El hacer sin parar, el sólo trabajar, va deshumanizando al hombre, y lo va empobreciendo a pesar de los mayores ingresos, con costos evidentes y significativos como el embrutecimiento y la enfermedad. Ello derrama mediocridad hacia su comunidad con la desconfianza, la agresión y el individualismo, pagando las consecuencias generalmente los más vulnerables y en última instancia la naturaleza, que termina siendo víctima de esta carrera desenfrenada por ganar en todos “los negocios”.
El ocio por último, pero no por ello menos importante, es un estímulo esencial de la capacidad de asombro y la espontaneidad que son dos atributos imprescindibles para la creatividad, que a su vez es la madre de la innovación.
Difícilmente el mundo de los negocios pueda lograr sostenibilidad o vigencia, sin encontrar el propósito de su emprendimiento, para luego lograr adaptarlo permanentemente a los cambios cada vez más frecuentes e intensos que su entorno le impone, y desde esa perspectiva se hace imperioso que se recupere la concepción original del ocio; o sea ese espacio cotidiano destinado al autoconocimiento y a la reflexión desinteresada sobre la propia existencia de la empresa y su porvenir, junto a todos los colaboradores que la hacen posible.
