Hubo en una época no muy lejana un mundo de dinero fácil.
Las empresas y los emprendedores podían tener una financiación barata, porque a los inversores por casi una década el precio que le pagaban por su dinero era casi inexistente, y entonces se veían obligados a buscar rentabilidad en proyectos de negocios cada vez más arriesgados.
Los capitalistas – fundamentalmente del sector tecnológico – se volcaron a todo tipo de startups con discutibles fundamentos económico-financieros – pero que hacían mucho ruido -, y basados al parecer solo en el optimismo, interpretaron que el sacrificio temporal del flujo de caja y las enormes pérdidas del inicio, en el mediano plazo conducirían a un nivel de crecimiento tal, que finalmente permitiría materializar rentabilidad en el futuro.
Y así el ecosistema emprendedor se inundó de propuestas de negocios que tenían generalmente como propósito una promesa de un mundo mejor, ya que iban a suministrar solución a los grandes ideales de la humanidad – desde el «futuro del transporte» hasta el «futuro de la alimentación»- pero que en el presente demandaban una permanente inyección de fondos, porque esos modelos de operaciones, no solo perdían dinero sino que además perseguían implacablemente el crecimiento.
Durante años, el desarrollo económico y los bajos tipos de interés permitieron que muchas empresas de esta economía digital se convirtieran en nombres conocidos, gigantes en las bolsas de medio mundo y grandes empleadores sin llegar a ser nunca empresas viables desde lo numérico.
Con la llegada del COVID la industria tecnológica disfrutó de un auge sin precedentes, ya que la pandemia, obligó a millones de personas a recluirse en casa, conectándose a internet para trabajar, entretenerse y socializar. Pero los problemas estaban esperando y comenzaron con el regreso del mundo a a la normalidad.
Todo tiene un final. Todo Termina.
La emisión monetaria de occidente para financiar la pandemia durante los años 2020 y 2021, hizo trepar la inflación a más 8% interanual en 2022, tanto en EEUU como en Europa.
Los Bancos Centrales estuvieron dos años comprando muchísima deuda pública para financiar las cuarentenas, lo que llevó a duplicar los activos tanto en poder de la FED como del Banco Central Europeo.
La masiva compra de títulos públicos y privados por parte de los bancos centrales (por 4,6 billones de dólares en EEUU y 3,9 billones de euros en Europa), implicó un exceso de emisión monetaria en occidente que terminó despertando la inflación con impactante velocidad.
Por el desborde inflacionario en Occidente, tanto la FED como el BCE reconocieron su responsabilidad y anunciaron que necesitan actuar ya para revertir el proceso.
La FED ya inició un ciclo de alza de tasas de interés y también advirtió sobre un programa de venta de títulos públicos en cartera para recuperar los dólares emitidos. En la misma línea pero con más demora, el BCE también anunció que comenzará a subir la tasa de interés además de vender parte de los títulos públicos en cartera para contraer la oferta de euros en el mercado.
Los mercados esperan que la FED eleve la tasa de interés al menos a 3,5% anual antes de fin de año. El BCE también elevará la tasa de interés para no quedar atrás y evitar una mayor devaluación del Euro.
Los principales índices bursátiles se anticiparon a los anuncios de las autoridades monetarias. Desde fin del año pasado el Nasdaq cae con fuerza desde sus máximos (-30%), también el S&P 500 (-20%) y el Dow Jones (-15%), advirtiendo que se agotó la etapa de dinero barato y que es tiempo de una mayor tasa de interés y menos crédito a los mercados.
Ahora, cuando las valoraciones de las empresas tecnológicas se desmoronan y los inversores se deshacen de sus participaciones en startups – sobre todo en las no rentables – en lo que se conoce como un «flight to quality», estas organizaciones se enfrentan no solo a un importante ajuste de cuentas, sino a una guerra existencial, que probablemente pierdan.
Para muestra basta decir que un desplome del precio de las acciones no necesariamente debiera estar ligado al recorte de costos o la eliminación de puestos de trabajo, pero los ejecutivos que gestionan las empresas con cotización en caída, suelen responder con despidos a este tipo de consistentes fluctuaciones de mercado.
Claramente es un mal momento para ser una startup de alto rendimiento en busca de financiación.
La razón de esta situación, es la obvia reducción del capital disponible para las rondas de financiación privadas. Si bien la inversión no desaparecerá del todo, el nivel de precaución subirá exponecialmente sus requerimientos.
Las startups ya no pueden depender de las rondas que posibilitaban la inyección de financiación permanente para mantenerse a flote, ahora necesitan reconsiderar su gasto y encontrar formas de hacer que sus reservas de caja duren más tiempo. Para algunas, la solución serán despidos masivos. Otras tendrán que cerrar.
Una vez más el dato mata al relato en la confrontación entre la «historia»-entendiendo por ello a las narrativas, visión y sentimiento que impulsa a una empresa hacia adelante-, contra los «fundamentos», o sea cómo el mercado de capitales interpreta, concluye y sobre todo actúa, en relación a la sustentabilidad de cada negocio que ayuda a financiar.
«Los mercados enseñan y las lecciones pueden ser dolorosas» como bien lo dice Jeff Bezos
