Te enseñan a aprobar exámenes cuando la realidad te exige tomar decisiones. Entre una cosa y la otra hay una distancia que no figura en ningún programa de estudios. Durante años hablamos de educación y de trabajo como si fueran mundos separados. No lo son. Nunca lo fueron. El problema es que seguimos formando para un escenario que ya no existe...mientras el nuevo mundo avanza sin pedir permiso. Y en el medio quedan jóvenes convencidos de que llegaron… justo cuando todo empieza. Una reflexión necesaria sobre esa brecha que hoy es uno de los principales desafíos sistémicos. Porque el aula no desaparece. Solo cambia de lugar.
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El espejo corporativo
Nos encanta hablar de lo que somos. Más aún, de lo que creemos ser. En las empresas, esa distancia entre relato y realidad a veces no se nota… hasta que se empieza a notar demasiado. Y hay investigaciones prestigiosas, con números recientes, que molestan bastante a la autopercepción que tienen como organización. Pero todavía son más incómodas las preguntas que dejan flotando. Porque no se trata de madurez digital, ni de tecnología, ni de Excel, ni siquiera de eficiencia. Se trata de algo bastante más humano… y bastante más peligroso. Te dejo esta reflexión. Después contáme: ¿cuánto de lo que decimos… realmente hacemos?
Data o dogma: ¿La tecnología es la nueva religión?
Hay preguntas que molestan porque parecen absurdas… hasta que dejan de serlo. Durante años nos enseñaron que la tecnología venía a reemplazar creencias por evidencia, intuición por datos, fe por precisión. Todo muy prolijo, muy racional, muy siglo XXI. Pero algo raro empezó a pasar en el camino. En muchas organizaciones ya no se discute lo que dicen los sistemas. Se ejecuta. Y entonces aparece una duda fastidiosa —de esas que no conviene plantear en los comités—: ¿en qué momento dejamos de usar la tecnología… para empezar a creer en ella? No es un debate técnico. Es algo más profundo. Tiene que ver con cómo decidimos, con qué cuestionamos… y, sobre todo, con qué estamos dejando de discutir. De eso va esta reflexión. Y no es tan inocente como parece.
Maximizar el mínimo
Hay un momento curioso en la vida de las empresas. No es cuando nacen. Tampoco cuando crecen. Es cuando empiezan a funcionar demasiado bien. En ese punto el desafío deja de ser inventar el negocio. Tampoco se trata solo de hacerlo crecer. El problema pasa a ser otro, mucho más complejo: cómo administrar el éxito sin quedar atrapado en él. Hace poco una reflexión de Marcos Galperin sobre el futuro de Mercado Libre me dejó pensando en una expresión tan simple como inquietante: maximizar el mínimo. Detrás de esa frase hay una idea interesante sobre las etapas de las organizaciones… y sobre los riesgos que aparecen justamente cuando todo parece ir bien. De eso trata esta reflexión.
Viejos son los trapos
Etiquetar es fácil. Pensar, no tanto. Sobre todo cuando se habla de cambio, tecnología y adaptación. Este artículo no discute generaciones. Discute prejuicios. De esos que repetimos sin revisar… hasta que la realidad los deja en evidencia. Una lectura breve para molestar un poco 😂 y preguntarse si el verdadero problema es la edad o la mirada con la que la juzgamos.
La empresa perfecta
Volvieron las historias del Bar del Bajo. El mismo bar. La misma mesa. El mismo mozo-dueño que escucha más de lo que habla y entiende más de lo que aparenta. Esta vez, la conversación no es sobre liderazgo ni CEOs innecesarios. Es sobre automatización, robotización, procesos que se ejecutan solos y empresas que sueñan con funcionar sin fricciones… y casi sin personas. Yo solo soy testigo. No opino. Escucho cómo algunos ejecutivos buscan y celebran la eficiencia perfecta, cómo los números justifican todo y cómo la tecnología promete ordenar los procesos. Y también estoy atento a los que están del otro lado con una versión más humana. Las historias del bar no explican el futuro. Lo ponen de forma políticamente incorrecta sobre la mesa. Porque a veces, para entender hacia dónde van las empresas, alcanza con sentarse en un bar… y prestar atención.





