No, no apareció un piloto francés vestido de aviador ni aterrizó un biplano en la calle.
Entraron mis nietos.
Y mientras los veía ocupar mi escritorio, revolver papeles, girar en la silla y apropiarse de ese territorio que los adultos consideramos tan importante, me acordé de una de las páginas menos leídas de El Principito.
La dedicatoria.
Esa en la que Saint-Exupéry le dedica el libro a su amigo León Werth. Y luego se disculpa ante los niños por haberlo hecho. Hasta que encuentra la solución perfecta: dedicárselo al niño que ese adulto había sido alguna vez.
Porque ahí está el secreto de toda la obra.
Y también de lo que estaba viendo delante de mis ojos.
Mis nietos no estaban jugando a ser grandes.
No estaban ensayando para convertirse en gerentes, directores o CEOs.
Seguían jugando como chicos.
Solo que esta vez sus juguetes eran los míos.
La compu. El celu. Los papeles. El escritorio. El sillón ejecutivo.
Objetos a los que los adultos atribuimos importancia desmesurada y que ellos redujeron a su verdadera dimensión en apenas unos minutos: solo cosas.
Lo curioso es que ninguno parecía impresionado por el cargo, la oficina o los años que demandó llegar a eso.
Para ellos no había jerarquías, indicadores, balances ni planes estratégicos.
Solo había botones para tocar, cajones para abrir, papeles para dibujar y una habitación enorme para imaginar aventuras.
Y ahí entendí algo.
Los chicos no juegan a ser grandes.
Somos los grandes los que olvidamos cómo era jugar.
Ellos convierten nuestras herramientas de trabajo en juguetes.
Nosotros convertimos demasiadas veces la vida en una agenda laboral.
Ellos ven posibilidades donde nosotros vemos responsabilidades.
Ellos ven un escenario donde nosotros vemos una oficina.
Ellos ven un juego donde nosotros vemos trabajo.
Quizás por eso Saint-Exupéry corrigió aquella dedicatoria. Porque sabía que el verdadero problema no era crecer.
Era olvidar.
Olvidar la curiosidad.
Olvidar el asombro.
Olvidar que casi todo eso que hoy parece tan importante probablemente no lo sea tanto dentro de unos años.
Quizás Saint-Exupéry nunca vino a mi oficina.
O quizás sí.
Y eligió aparecer disfrazado de mis nietos, ocupando con absoluta naturalidad el lugar de trabajo que su abuelo tardó décadas en construír.
Para recordarme algo que las personas grandes solemos olvidar demasiado seguido:
Que el trabajo es importante, pero no es la vida.
Que los cargos son prestados y hay que devolverlos.
Que los escritorios son transitorios.
Y que el verdadero éxito quizá no sea en llegar muy lejos en la carrera profesional.
Tal vez sea no perder del todo al pibe que llevamos adentro en ese camino.
Porque al final, como sospechaba Saint-Exupéry, las personas grandes somos bastante extrañas.
Necesitamos que unos chicos entren a nuestra oficina para recordarnos que nuestros asuntos tan serios no dejan de ser, vistos desde sus ojos, como un montón de juguetes algo sofisticados.
