Me causa cierta ternura inquietante ver a los jóvenes festejar el último primer día de la secundaria o celebrar la graduación universitaria.
Se abrazan, saltan, cantan como si hubieran llegado a la meta. Y sí, claro que es un final. Pero también —y sobre todo— es un comienzo.
Porque mientras ellos celebran el cierre de una etapa, la realidad —silenciosa, implacable— ya les está preparando el verdadero examen.
No me lo contaron, yo también estuve ahí. Con un título bajo el brazo, convencido —sin decirlo— de que algo importante ya estaba resuelto. Y el salto de la universidad al trabajo fue menos elegante que lo prometido. Venía cargado de teoría, de conceptos, de respuestas correctas. Y me encontré con preguntas que no estaban en ninguna materia.
Ahí descubrí un mundo que en las aulas no me habían enseñado.
No porque la universidad estuviera mal. Sino porque jugaba a otro juego.
En la facultad te preparan para entender. En la empresa te exigen decidir.
Y entre entender y decidir hay un abismo.
Recuerdo esa sensación inicial: saber mucho… y no saber nada. Saber calcular, pero no negociar. Saber explicar, pero no ejecutar bajo presión. La famosa brecha entre educación y trabajo.
Lo curioso es que, mirando hacia atrás, aquella brecha era apenas un zanjón comparado con el océano que veo hoy, cuarenta años después.
Porque el mundo cambió. Y cambió rápido.
Hoy no alcanza con “aplicar lo aprendido”. Hoy hay que estar dispuesto a desaprender, reaprender y volver a empezar. Una y otra vez. El conocimiento se vence. Las habilidades caducan. Y la estabilidad —esa promesa implícita de otras épocas— se volvió una ilusión.
Y sin embargo, la mayoría de las veces la educación sigue enseñando como si el mundo fuera estable.
Ahí hay problema, entre otros tantos.
La educación, claro, debe formar para la vida. Pero también —aunque moleste— debe preparar para el trabajo y el emprendimiento. Porque el trabajo no es solo un ingreso: es un espacio de realización, de impacto, de construcción social.
Cuando ese puente entre educación y trabajo no existe o es débil, el costo no es individual. Es sistémico.
Empresas que no encuentran talento preparado. Jóvenes que sienten que hicieron todo “bien”… pero no alcanza. Puestos que quedan vacantes… y personas que quedan afuera.
Una paradoja absurda. Y peligrosa.
Por eso, empezar a cerrar esa brecha ya no es un debate académico. Es una urgencia social.
Y acá aparece una palabra que a muchos todavía les resulta incomoda: empresa.
Durante años muchos, aunque no todos, se pensó la educación como un territorio aislado, casi inmune al mundo productivo. Como si involucrar a las empresas fuera “contaminar” la formación.
Creo que fue un error.
Las empresas no deben diseñar la educación. Pero tampoco pueden ser espectadoras.
Tienen que involucrarse. Aportar contexto. Señalar necesidades. Abrir sus puertas. No para formar empleados obedientes, sino para formar personas que entiendan el juego que van a jugar.
Y acá hay otra confusión frecuente.
Cuando se habla de vincular educación con empresa, muchos piensan automáticamente en carreras “duras”: ingeniería, sistemas, finanzas.
Como si el resto —lo humano— quedara al margen.
Nada más equivocado.
Porque las empresas, antes que nada, son comunidades de personas.
Y ahí es donde las disciplinas más humanistas —psicología, comunicación, filosofía, sociología— dejan de ser accesorias para volverse más centrales que nunca.
Porque una organización no fracasa solo por falta de técnica. Fracasa por malas decisiones, por egos desbordados, por culturas tóxicas, por incapacidad de diálogo, por liderazgos vacíos.
Y eso no se resuelve de otra forma que no sea entendiendo a las personas.
Por eso, involucrar a las organizaciones en la educación no es solo para enseñar cómo funciona un balance o un sistema informático.
Es también —y sobre todo— para enseñar cómo funciona el poder, el conflicto, la motivación, la frustración, la ambición.
En definitiva: cómo funcionamos nosotros en sociedad.
Eso implica repensar todo el sistema educativo:
Más práctica real y menos simulación. Más problemas abiertos y menos respuestas cerradas. Más interdisciplinariedad y menos compartimentos estancos. Más contacto temprano con el trabajo sin romantizarlo.
Y, sobre todo, entender algo que no se dice en ningún acto de colación: no se trata de acumular conocimiento… sino de desarrollar criterio.
Porque en definitiva, lo que distingue a alguien en una organización no es cuánto sabe… sino qué hace con lo que sabe.
Por eso, cada vez que veo a esos jóvenes festejando, no puedo evitar pensar lo mismo: celebran un final… cuando en realidad están dando el primer paso de una escalera que no termina.
Cuentan con lo necesario. Pero nunca —nunca— con lo suficiente.
Y quizás ahí está la verdadera graduación. No cuando te entregan un diploma.
Sino cuando entendés que, a partir de ese momento, nadie te va a enseñar nada… si no sos vos el que decide seguir aprendiendo.
Porque en el fondo, el aula nunca desaparece. Solo cambia de lugar.
