No hay emprendimiento más noble que una nación, pero un país es bastante más que una empresa.
Un país también podría definirse como una organización, y desde ese concepto dados los festejos de la independencia coincidentes con la particular circunstancia que atravesamos, me permito estos pensamientos reflexivos, partiendo desde inquietudes que los motivan.
¿Por qué Argentina es una organización que no funciona?
¿Por qué no pudimos materializar aquel proyecto de país que imaginaron los padres de la patria y sembraron nuestros abuelos inmigrantes?
¿Por qué no superamos y seguimos repitiendo cíclicamente situaciones no resueltas en la memoria de la historia argentina?
¿Qué podemos hacer desde cada uno de nuestros lugares para cambiar este curso de inacción que imposibilita la consecución de aquel ideal colectivo que nos estamos debiendo?
¿Por qué no hemos podido como conjunto?
Nuestro querido país hace rato que ha perdido su norte magnético y navega sin el rumbo de un plan estratégico que haya trascendido a las distintas administraciones en quienes hemos confiado el mandato de la voluntad popular.
Tristemente asistimos además a renovados intentos de refundación maquillados de transformación, ante la imposibilidad de hacerlo funcionar tal y como fuera concebido, sobre todo y con especial énfasis, cuando el respeto por aquel formato original no se adecua a determinados intereses.
Los distintos liderazgos tanto políticos como económicos, sin distinción de bandera, no han logrado poner la proa de este barco llamado Argentina hacia un puerto previsible, y el ideal supremo al que como nación debimos aspirar – estoy hablando del manoseado bien común -sigue engrosando nuestro pasivo como sociedad.
Los apetitos mezquinos acosan los ideales personales y colectivos. Se violentan permanentemente las reglas del juego o lo que es peor, se juega con las reglas de acuerdo a la conveniencia.
Todos se agolpan en torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda y un clima de mediocridad pareciera que nos envuelve.
¿Será cierto eso de que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen?
No podemos permitirnos que poder y política pasen a engrosar la lista de las malas palabras argentinas. No deberíamos confundir la política con los políticos que supimos conseguir. No se tendría que trastocar el poder para servir, con servirse del poder.
Políticos y políticas mediocres hay y hubo en todos los tiempos y bajo todos los regímenes, pero encuentran mejor clima en las sociedades y personas sin ideales.
Y si hemos llegado hasta aquí, luego de lo dificultoso del camino, es porque tuvimos y tenemos ideales. Hablo de los ideales como visiones que se anticipan al perfeccionamiento de una realidad siempre imperfecta.
Los argentinos en forma individual acostumbramos a viajar con la imaginación y la experiencia de la mano, que es la mejor fórmula para obtener el aprendizaje y la mejora continua que nos ha posibilitado -aunque no siempre – surfear cualquier tamaño de ola que tuviésemos enfrente.
Sin ese motor, sin ese fuego interno que son los ideales, serían inexplicables desde un simple proyecto hasta la misma evolución humana. Los ideales son como faros luminosos que nos guían en cada tramo, alumbrando el tránsito por la ruta de la vida.
Nuestra historia personal es un largo camino de inquietudes sobre perfecciones, que en algún momento presentimos y tratamos luego de materializar, con mayor o menor virtud.
Y no obstante todo ello, continuamos de pie y orgullosos de seguir siendo parte de este proyecto que nunca termina de arrancar. Sobreviviendo dentro de las posibilidades en lo individual, pero fracasando rotundamente desde lo colectivo.
A lo que cabe preguntarnos: ¿Es sustentable o sostenible el hecho de trabajar solamente por el propio interés y el bienestar familiar o profesional, en un entorno cada vez menos amigable?
La prosperidad de un país no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas trascendentales dictaminadas por sus instituciones. Y solo debido a ellas, los países consiguen acercarse a la materialización de su sueño fundacional.
Así que hasta que no se disponga de instituciones tanto gubernamentales como no gubernamentales consistentes, y que además desarrollen políticas esenciales acertadas, derramando al resto de la nación, seguiremos siendo el país de la eterna promesa trasladada de generación en generación hace más de 200 años.
Para que esta organización Argentina que nos contiene comience a funcionar, tendremos que estar dispuestos con nuestra vocación, recursos y posibilidades a hacer política cívica dentro de cualquier tipo de entidades nobles que busquen siempre el bien común construyendo poder, porque sin poder, no seremos capaces de transformar la realidad.
Este estado de cosas se cambia con más participación ciudadana en cualquier ámbito posible que facilite instalar la esperanza de poder conformar y vivir un país donde los valores personales sean reconocidos y en el que el poder se adjudique a aquellos que realmente saben y lideran.
No debemos solamente prepararnos para ser parte de la historia que se viene, sino que tenemos que ser los protagonistas.
Nuestro futuro comienza hoy, precisamente en este momento, aquí y ahora, no seamos simples plateístas, pasemos a jugar el partido, nos lo debemos a nosotros, a nuestras familias y para ello sí recurrir al pasado, recuperando entre otras cosas la mística de los próceres y de nuestros mayores.
Una sociedad que valore el mérito, que aprecie la solidaridad, el saber y la inteligencia, es una sociedad posible y la única que además puede garantizar un porvenir digno y una verdadera democracia.
