La creatividad parece un don misterioso, algo reservado para unos pocos elegidos. Pero, ¿es realmente así? ¿O todos nacemos con esa chispa creativa que se apaga lentamente con las creencias, las costumbres y la enseñanza formal?
Lo veo reflejado en mis nietos, cuya curiosidad infinita los lleva a hacer preguntas insólitas, de esas que desarman mi certidumbre. Sus “¿por qué?” me obligan a replantear lo obvio, y en lugar de darles respuestas automáticas, intento recordar que esa peculariedad es el motor de su creatividad, un instinto explorador que muchas veces dejamos de lado al crecer.
Decía Picasso que a los 10 años pintaba como un maestro, pero que le tomó toda la vida aprender a pintar como un niño. Esa verdad incómoda pone el foco en un desafío esencial: no se trata de desarrollar la creatividad, sino de mantenerla viva. Nacemos intrépidos, abiertos a experimentar sin miedo al error, pero esa fuerza se va domesticando, apagándose entre rutinas y expectativas.
La educación tradicional, con su obsesión por respuestas únicas y correctas, fomenta más la acumulación de información que el arte de cuestionar. Nos enseñan a aceptar sin discutir, a no desafiarnos, y así se adormece nuestra capacidad de crear. Pero la creatividad no desaparece, solo queda en pausa. Y es cuando dejamos de lado las estructuras rígidas que volvemos a conectar con esa singularidad innata.
En el trabajo ocurre algo similar. Las empresas, tras un inicio innovador, caen en la trampa de los procedimientos y reglas inamovibles. Las mentes creativas, aquellas que buscan salirse del guion, a menudo son cuestionadas y terminan yéndose. Mientras tanto, los que “pintan dentro de las líneas” prosperan en sistemas que priorizan la seguridad sobre la imaginación.
¿Entonces, creativo se nace o se hace? Quizá la respuesta sea ambas. Todos nacemos con ese potencial, pero mantenerlo encendido requiere valentía: cuestionar lo establecido, improvisar, y volver a mirar el mundo con la curiosidad de un niño. Como mis nietos, que nunca se conforman con un “porque es así” y siguen preguntando hasta llegar al fondo de las cosas.
La creatividad no es un don exclusivo, es un viaje continuo de auto-descubrimiento y expresión auténtica. Es una invitación abierta a explorar nuestras ideas, conectar con lo que nos rodea y, sobre todo, a no dejar de preguntar. Porque ahí, en esas inquietudes, es donde la creatividad sigue viva.
