La historia interminable de las burbujas

La historia interminable de las burbujas

Las burbujas financieras tienen algo de tragicómico. Empiezan como un cuento de hadas y terminan como una novela negra. Brillan, deslumbran, prometen cambiarlo todo, y cuando revientan dejan un tendal de ilusos.

La primera gran función la vimos en Holanda, allá por el siglo XVII, con la célebre burbuja de los tulipanes. Flores convertidas en objeto de especulación: un bulbo podía costar lo mismo que una casa en Ámsterdam. Hasta que alguien notó lo obvio: seguían siendo flores, bonitas pero perecederas. Cuando el mercado se desplomó, dejó en la ruina a medio país y en ridículo a toda una generación de “visionarios”.

Cuatro siglos después, seguimos repitiendo la misma obra con distinta escenografía. En los noventa fue la puntocom: empresas sin clientes ni ingresos que valían fortunas porque tenían una página web. A principios de los 2000, las hipotecas tóxicas: bancos jugando a los dados con ladrillos que se desplomaron en 2008. Luego, los cripto-booms de 2016 y 2021, cuando muchos creyeron que iban a jubilarse a los treinta y terminaron hipotecando hasta la bicicleta. Y cómo olvidar los NFT, esos monitos dibujados que llegaron a valer más que un departamento en Recoleta y hoy no alcanzan ni para empapelar la pared del baño.

Ahora la protagonista es la Inteligencia Artificial. El becerro de oro del presente, con casi la mitad del capital privado global apostando a que un algoritmo salvará a la humanidad de sí misma. El S&P 500 sube más por fe que por números de balances, los gurúes tecnológicos hacen promesas mesiánicas y los fondos de riesgo aplauden como si esta vez fuera en serio.

La pregunta incómoda que cabe: ¿será distinto en esta oportunidad? ¿O estamos nuevamente frente al mismo guion, con actores nuevos y la misma trama? La codicia no cambia, solo se disfraza. Ayer fueron flores, después ladrillos, luego bitcoins, NFTs. Hoy son algoritmos.

Ojalá la IA logre atravesar la niebla y quedarse con lo único que de verdad importa: valor real, innovación tangible, progreso que no se derrumbe como un castillo de naipes. Porque si no, en unos años recordaremos este boom como recordamos los tulipanes holandeses: una flor bonita, demasiado cara y que marchita antes de tiempo.

La mejor innovación real, consistente y efectiva del capitalismo moderno no son tanto las tecnologías que promete, sino su infinita capacidad de recrear la esperanza. De inflar globos con humo, pintarlos de colores nuevos y cobrarnos entrada cada vez que nos invitan a soñar. El problema es que, tarde o temprano, todos los globos hasta aquí reventaron o se desinflaron. Y el impacto, como siempre, lo sufrieron más los que compraron la entrada que los que la vendían en la puerta.

Esperemos, con toda la ironía de la historia encima, que la Inteligencia Artificial no termine siendo los tulipanes del siglo XXI.

Deja un comentario