Democracia sin intermediarios y Tecnología

Democracia sin intermediarios y Tecnología

La democracia no está agotada. Lo que parece agotado es su formato de representación. El sistema de intermediarios entre el ciudadano y el poder, ese que alguna vez garantizó estabilidad, hoy genera fastidio, distancia y desconfianza.

La gente no está en contra de la democracia: está harta de quienes la administran en su nombre. Harta de ver parlamentos que se hablan a sí mismos, dirigentes pendientes de las encuestas más que de la realidad, partidos que funcionan como maquinarias de poder y no como canales de la ciudadanía.

Y este cansancio no es solo argentino. En América Latina, según Latinobarómetro 2023, apenas la mitad de la población sigue creyendo en la democracia. En Europa, más del 80% de los ciudadanos considera que los políticos se preocupan más por sí mismos que por la sociedad (Fundación BBVA). Y en Estados Unidos, dos tercios de la gente se declara agotada cuando piensa en política (Pew Research Center).

Pero en Argentina el fenómeno tiene una particularidad: estamos en las vísperas de una elección legislativa que puede definir el rumbo del país, y el voto parece más un acto de resignación que de esperanza. La participación cae, el voto en blanco crece y muchos se preguntan si vale la pena seguir eligiendo representantes que no los representan.

Si esto fuera una empresa, hace rato habría quebrado. En el mercado, cuando un producto falla, el cliente cambia de marca. Pero en política, el ciudadano no puede “dejar de consumir Estado”: vive dentro de él, aunque el servicio sea deficiente. Esa es la paradoja: un sistema que sobrevive aunque nadie lo quiera, porque no hay alternativa visible.

¿Y si la alternativa fuera repensar la representación? ¿Y si el futuro de la democracia fuera sin representantes? ¿Y si se vuelve a los orígenes de la democracia directa gracias a la tecnología?

La idea ya no es utopía. Modelos como la democracia líquida, estudiados por Kahng, Procaccia y otros, combinan participación directa con delegación flexible del voto. Plataformas como Liquid Feedback o el partido sueco Demoex permiten votar y decidir colectivamente en línea. Incluso en Dinamarca surgió el Synthetic Party, un experimento político impulsado por inteligencia artificial.

¿Podrían los algoritmos procesar las demandas sociales y transformarlas en políticas públicas? ¿Podrían los bots, programados con criterios de bien común, ejecutar decisiones de forma más justa y eficiente?

No faltan advertencias. N. Alnemr (Democratic Self-Government and the Algocratic Shortcut, 2023) teme que la automatización debilite la deliberación ciudadana. Y H. Sætra (A Shallow Defence of a Technocracy of Artificial Intelligence, 2019) recuerda que ningún algoritmo es neutral: cada línea de código tiene ideología.

Aun así, la oportunidad existe. Sistemas auditables, con control ciudadano y transparencia, podrían acercar la toma de decisiones a la gente. El TODA Institute plantea que la tecnología puede ampliar la democracia si está al servicio de los ciudadanos, no del poder.

Quizá la transformación consista en dejar de delegar ciegamente a cualquier oferta de ocasión y volver a participar activamente. En recuperar la voz ciudadana no cada cuatro años, sino todos los días, en un flujo continuo de propuestas, debates y decisiones.

¿Estaremos preparados para una democracia más directa, tecnológica, eficiente y transparente?.

Lo inspirador es pensar que el hartazgo no es resignación: es energía social acumulada. Una energía que, bien canalizada, puede ser el combustible de la próxima revolución política. Porque la democracia no tiene por qué morir de agotamiento. Puede renacer más participativa, más digital. Y, sobre todo, más nuestra.

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