La jubilación como caja política

La jubilación como caja política

Crónica de una confianza expropiada (y de la reforma que todavía nos debemos)

Empecé a trabajar formalmente en 1983. Año de democracia recuperada, entusiasmo colectivo y de una promesa que nadie firmó pero todos dimos por válida: si trabajás, aportás y cumplís, el sistema previsional va a cumplir con vos.

Durante décadas hice lo que correspondía. Aporté a distintas cajas, según las reglas de cada época. No especulé. No evadí. No busqué atajos. Creí —con matices, con dudas, pero creí— que la previsión social era un contrato implícito entre generaciones.

En los años 90 apareció el sistema de AFJP. No era perfecto. Tenía problemas evidentes: comisiones discutibles, incentivos mejorables, una pedagogía financiera pobre. Todo eso es cierto.

Pero tenía algo que el sistema anterior —y el posterior— no tenían: el ahorro previsional tenía dueño.

Había cuentas individuales. Había saldos. Había extractos. Había una noción básica de propiedad sobre el esfuerzo propio.

En menos de 15 años, casi 10 millones de trabajadores acumulamos alrededor de 30.000 millones de dólares. No era magia financiera. Era trabajo diferido. Era futuro convertido en activos.

En 2008, ese futuro fue absorbido por el Estado.

La explicación fue prolija, casi técnica: las comisiones eran altas. El gesto correctivo fue desmesurado: para corregir un 1 o 2%, el Estado se quedó con el 100% del capital.

Cerraron las cuentas. Borraron los saldos. Y transformaron los fondos previsionales en una caja política.

Desde ese momento, la jubilación dejó de ser un derecho respaldado por activos y pasó a ser una expectativa fiscal. Sujeta al presupuesto, a bonos extraordinarios, a moratorias, a parches coyunturales y a licuaciones silenciosas.

Pero el punto más delicado vino después.

Con esos mismos recursos se incorporaron beneficiarios sin aportes, se habilitaron moratorias cada vez más laxas, y el sistema previsional empezó a cumplir una función que nunca debió tener: financiar política social corriente con ahorro previsional ajeno.

No fue solidaridad intergeneracional. Fue populismo previsional.

Fue usar el futuro como variable de ajuste del presente.

Recién después de la expropiación —algunos prefieren usar otras palabras menos adecuadas para describir aquella decisión— y ese traspaso compulsivo a un sistema de reparto que jamás rindió cuenta, comprendí algo que debería haber sido obvio antes: si seguía confiando ciegamente, no iba a haber jubileo en mi futuro . Y entonces hice lo único que quedaba por hacer: contraté una póliza de Retiro.

No como sofisticación financiera. Sino como un acto defensivo. Tomé un seguro frente a la pérdida de reglas.

No porque me sobrara. Sino porque el sistema ya me había demostrado que podía cambiar las condiciones cuando quisiera.

Yo fui perjudicado. No por azar. No por mala suerte. Sino porque las reglas se modificaron después de haber aportado durante años.

Hoy, cuando veo a jóvenes que recién se incorporan al mundo laboral, entiendo perfectamente su escepticismo. No creen en la jubilación. No creen en el sistema. No creen que aportar hoy tenga sentido mañana.

Y, siendo honestos, no se los puede culpar.

Ahora, hemos vuelto a hablar en voz alta sobre reformas estructurales, y la previsional es una de ellas. Pero la discusión sobre el tema en Argentina suele quedar atrapada en consignas ideológicas: reparto versus capitalización, solidaridad versus mercado, Estado versus privados. Cuando en realidad el problema de fondo es otro, mucho más profundo:

👉 La previsión social es, antes que nada, un problema de confianza.

Y la confianza no se recompone con discursos, ni con reformas parciales, ni con promesas de corto plazo.

Si alguna vez se quisiera encarar una reforma previsional creíble, habría que empezar por reconocer algunas verdades esenciales para que el sistema fluya:

  • que las reglas no pueden ser retroactivas,
  • que debo tener absoluta libertad de elegir entre alternativas homologadas, a quien confiar mis aportes previsionales,
  • que la política social y la previsión deben estar claramente separadas,
  • que el aporte realizado debe ser reconocido y respetado,
  • que algún componente del sistema debe volver a ser verdaderamente del trabajador,
  • y que el ahorro previsional no puede seguir siendo una tentación permanente del poder.

La confianza no se decreta. Se construye lentamente. Pero también puede destruírse en cuestión de segundos.

Yo ya crucé el Rubicon: trabajé, aporté, y tomé la mejor cobertura que estuvo a mi alcance después de que me cambiaran las reglas y el caballo en la mitad del rio. La pregunta es si el sistema está dispuesto a hacer el suyo.

Porque si el mensaje implícito para las nuevas generaciones sigue siendo que lo que hoy es tuyo mañana puede no serlo, no habrá reforma que alcance.

Y cuando la jubilación deja de ser futuro y se convierte en botín, no solo fracasa el sistema previsional también fracasa el contrato social.

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