Viejos son los trapos

Viejos son los trapos

Hay prejuicios que envejecen mucho más rápido y peor que las personas. Y uno de los más resistentes es ese que asocia canas con desconexión, resistencia al cambio y torpeza digital. Como si el año de nacimiento viniera con un certificado de incompatibilidad tecnológica.

Lo curioso es que celebramos la longevidad como logro civilizatorio, pero culturalmente seguimos tratándola como una anomalía que hay que tolerar. Nos llenamos la boca hablando de innovación, pero cuando repartimos etiquetas todavía jugamos al “apto” y “no apto”… según la fecha de emisión del DNI. Progresistas para el discurso, pero muy antiguos para el prejuicio.

Ahora bien: ¿el problema es realmente la edad… o nuestra adicción a simplificar la realidad para no tener que pensarla demasiado? Porque clasificar generaciones es algo fácil y que evita el esfuerzo de mirar en profundidad a las personas.

Cuando uno baja el volumen de la consigna y mira lo que pasa en la vida cotidiana, aparece algo menos tajante y bastante más interesante: gente que adopta herramientas digitales por puro pragmatismo. Les sirve, lo usan. No les sirve, lo dejan. Sin condición generacional, sin trauma existencial. Exactamente igual que cualquier otro adulto «funcional»… aunque a algunos no les guste admitirlo.

Tal vez lo que molesta no sea la famosa “brecha tecnológica”, sino el derrumbe de una narrativa muy conveniente: la idea de que la experiencia acumulada es un lastre. Y ahí aparece la paradoja: vivimos más, trabajamos más, aprendemos más… pero seguimos describiendo esa vitalidad con categorías que ya nacieron viejas.

La ironía más grande es que muchas barreras que atribuimos a las personas son, en realidad, defectos de diseño —mental, cultural y comercial—. Diseñamos desde el prejuicio, comunicamos desde la subestimación y después nos sorprendemos cuando la realidad no encaja con el relato. El problema no era la edad: era la idea.

Quizás la íntima reflexión que debiera hacerse no sea sobre quién puede adaptarse, sino cuánto estamos dispuestos a revisar nuestras propias creencias sobre lo que significa adaptarse. Aprender una herramienta es relativamente sencillo. Lo difícil es renunciar a la comodidad del escrúpulo… porque ahí ya no podemos culpar al calendario.

En un mundo donde la vida se alarga y las etapas se reescriben, seguir pensando que la experiencia de los años es un obstáculo empieza a sonar más a excusa que a diagnóstico. Y como toda excusa, dura… hasta que la realidad se enoja porque no la reconoció y la deja en «off side».

La edad no define la capacidad de cambio. Lo que la define —para bien o para mal— es la curiosidad. Y esa, por suerte, no viene con fecha de vencimiento.

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