Durante años se discutió el sistema previsional argentino como si fuera un problema técnico. Nunca lo fue. Es —y siempre fue— un problema de confianza. Empecé a trabajar en 1983. Aporté durante décadas, cumplí con las reglas de cada etapa y, aun así, aprendí algo desagradable: en Argentina, el futuro también puede cambiar de dueño. No de golpe, sino lentamente, mientras te explican que es por tu bien. Este artículo no habla de ideologías ni de nostalgias. Habla de ahorros que dejaron de ser propios, de decisiones políticas tomadas sobre el largo plazo de otros y de una pregunta que sigue sin respuesta: cómo construir un sistema previsional creíble después de haber usado la jubilación como caja política. Porque cuando el futuro se convierte en una variable fiscal, lo primero que se pierde no es el dinero. Es la confianza.
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