El Emperador está desnudo

El Emperador está desnudo

La fábula del nuevo traje del Emperador, escrito en 1837, por Hans Christian Andersen nos deja enseñanzas absolutamente vigentes para nosotros y para el mundo de la gestión empresarial, transitando ya plenamente el siglo XXI.


Desde el punto de vista del liderazgo el Emperador siente una gran debilidad por un aspecto, en el caso del relato, los trajes.


Una debilidad de carácter fácil de ver e identificar por sus propios cortesanos y súbditos, que tiene un doble impacto, en primer lugar, antepone su objetivo personal a las obligaciones de su función, y en segundo término, al ser tan visible su lado flaco, permite que otros puedan aprovecharse fácilmente de ello en su propio interés.


Por esta combinación de factores el Emperador puede llegar a creerse una «gran mentira» en un terrible autoengaño y a supeditar a ella toda su actuación directiva.


Lo más peligroso de esta situación es que el autoengaño personal del Emperador llega a convertirse en una situación de engaño colectivo en el que todos luchan para proteger su status, sus intereses personales y su posición en la Corte.


Paradójicamente, todos los participantes en la farsa saben en su fuero interno que todo es mentira y que el vestido del Emperador no se puede ver, simplemente porque no existe.


Desde la perspectiva del proceso de comunicación, claramente toda la política no está encaminada a identificar y difundir la verdad de los hechos, sino simplemente a asegurar que los deseos del que manda, por absurdos o equivocados que estos puedan ser, se cumplan, sin atender ni considerar las posibles consecuencias negativas de tal proceso.


Este fenómeno por el que se acepta la conformidad con el grupo como valor supremo, se ha descrito como «pensamiento grupal» y aparece porque para las personas que conforman una entidad existen habitualmente dos importantes barreras psicológicas para la comunicación sincera, a saber: el desánimo a actuar en contra de la tendencia del resto del grupo y el castigo social por ser políticamente incorrecto.


La moraleja que nos deja la fábula casi como aspiracional final para cualquier tipo de organización, pero especialmente para aquellas que transitan el mundo de los negocios, es que desde el liderazgo se debiera implantar en los equipos y la empresa una cultura de apertura hacia la discrepancia, ya que es la que permite innovar y construír en base a acuerdos, posibilitando aunar miradas desinteresadas sobre la realidad, y en definitiva que las cosas sucedan, para simultáneamente abrir los caminos a la generación de nuevas ideas, y a la detección y solución temprana de problemas que potencialmente podrían afectar su sustentabilidad.


El conocimiento acabado de todos los aspectos de cualquier decisión organizacional a tomar, es inversamente proporcional a lo alto que te encuentres en su pirámide de mando.


Por ello de la importancia de los equipos maduros, que en base a honestidad intelectual y conversaciones incómodas procuren círculos de confianza lo más ampliados posible, ya que los fundamentos de cualquiera de las medidas a tomar, siempre emergen desde su base, y donde el/los destinatarios finales, que en definitiva elegirán optando entre alternativas, es/son los que menos conocen en detalle sobre lo que van a decidir.


Desde esa dinámica habitualmente «el emperador está desnudo» y cualquier comentario o inquietud infantil puede dejarlo en evidencia ante terceros, por más que él mismo junto a la hipocresía de su Corte sostengan que se encuentra vestido con toda la pompa.

El emperador está desnudo TRANSFORMATIO

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