Las empresas, hoy están gestionando seis tipos de capitales: dos tangibles, el capital financiero y el económico, y otros cuatro intangibles: talento, innovación, capital social y medioambiental.
Estos últimos cuatro capitales intangibles no han parado de tomar protagonismo. Lo que permitiría decir que asistimos a una nueva revolución, y sin temor a equivocarnos podríamos afirmar que estamos siendo testigos de un nuevo ciclo, el de la economía de la reputación y los intangibles.
La pandemia de COVID-19 además ha cambiado la actitud de las personas hacia las instituciones en general y hacia las empresas en particular.
Uno de los resultados más notables de la pandemia ha sido el enfoque en lo intangible, cosas que sabemos que importan pero que no medimos ni valoramos en la misma escala que los activos tangibles.
En ese sentido y basándose en la sociología y el pensamiento sistémico, los líderes deberían crear instituciones flexibles y receptivas, que se basen en activos intangibles y que generen valor.
Intangibles como la salud y el bienestar, la preservación del conocimiento, el aprendizaje, el propósito, la reputación, la confianza, el sentimiento, la equidad, la atención y las relaciones, entre otros, se están convirtiendo en impulsores estratégicos de valor para las organizaciones a medida que se reconstruyen mejor.
Estos factores también son componentes críticos para establecer experiencias significativas para las personas y sirven como palancas clave en la adquisición y permanencia de talentos.
Los líderes tendrían que adaptar entre otras cosas, su modelo de marca empleadora reformulando su enfoque hacia los empleados, centrándose en el individuo como un todo.
Los activos tangibles, como por ejemplo los lugares de trabajo físicos, están siendo reemplazados cada vez más por lugares de trabajo digitales y experiencias.
Aunque los activos intangibles se están volviendo cada vez más valiosos y críticos como impulsores de la fuerza competitiva en el mercado, a menudo se pasan por alto.
Según algunas estimaciones, los activos intangibles representan hasta el 85% del valor comercial total en todas las industrias. Con la aceleración de los modelos comerciales digitales, amplificada por COVID-19, este valor podría aumentar mucho más, convirtiéndose en un importante impulsor del éxito empresarial.
La formación en gestión de intangibles es todo un desafío para las organizaciones, dada la gran necesidad de las empresas de contar con profesionales que dispongan de los conocimientos, herramientas, capacidades y habilidades adecuados para desempeñar con éxito su función e impulsar la excelencia empresarial.
Para ello, se requiere incorporar en la toma de decisiones relevantes las expectativas de los grupos de interés, y ese ejercicio de escucha activa permanente, que ha de ser transversal en todas las áreas de la empresa, facilita la transformación que conduce a aquel objetivo.
El responsable de estos temas en las organizaciones necesita saber leer el contexto y entender la evolución de las expectativas y demandas sociales, para ayudar a que la alta dirección comprenda cuál es la verdadera temperatura social. Y a su vez hacia el exterior, debe trasladar de forma nítida el propósito y valores corporativos en un entorno de creciente desconfianza e incertidumbre. En este sentido, estamos hablando de una figura que tiene un papel cada vez más estratégico para las organizaciones.
De alguna manera significa también que se acabó el tiempo en que solo se rendía cuentas ante los accionistas, y que asistimos a la consolidación de un nuevo modelo de empresa que trata de generar valor equilibrado para todos sus grupos de interés: empleados, clientes, ciudadanos, proveedores, reguladores, accionistas, y hasta hasta el propio planeta.
La medición es uno de los asuntos centrales en este tema. Hacer tangible lo intangible no solo es prioritario sino también urgente . Es por esto, que la mensura es un pilar esencial, ya que disponer de indicadores consistentes permite presentar a los directorios argumentos cuantitativos y cualitativos que respalden entre otras, decisiones sobre acciones en materia de comunicación, marca y reputación, activos indispensables para lograr la diferenciación en un mercado cada vez más complejo y competitivo.
