«Persevera y triunfarás» dicen nos dijo Séneca hace ya muchos años, como brindándonos una probada fórmula del éxito, pero, porque no supimos, no pudimos o no quisimos comprenderlo, parecemos empecinados en buscar otras recetas más rápidas y/o más dóciles para llegar al triunfo.
A la hora de la verdad, somos mentalmente hedónicos: preferimos la comodidad de aferrarnos a lo fácil, que asumir la dificultad o el obstáculo que nos representa un recorrido de esfuerzo, o sea eso que comienza cuando culmina el trabajo normal y habitual.
Es aquella actitud lo que explica que cada vez haya más expertos en liderazgo, motivación y desarrollo profesional y personal, que prometen el método para llegar al éxito de forma express.
No son otra cosa que ilusionistas que agitan varitas mágicas para seguir atrapando a los más ingenuos con un truco, por el que además les cobran muy bien.
Adoptar filosofías que han funcionado para otros, y que continúan siendo efectivas, no solo es de inteligentes, sino de sabios, porque precisamente en esa categoría entran los que aprenden y mejoran en base a la experiencia ajena.
La mala noticia, o la buena, dependiendo del cristal con que la mires, es que NO existe el éxito fácil o sencillo. Llegar al triunfo requiere ser perseverantes en aprendizaje, entrenamiento y actitud.
Suponemos erróneamente además, que el progreso se da de manera lineal y ascendente. Y esperamos con ansiedad que suceda rápido. Pero los resultados de nuestros esfuerzos no necesariamente suelen coincidir con nuestras expectativas temporales.
Esto generalmente tiene como resultado un «abismo de desilusión», o sea un punto en el que la gente se siente descorazonada tras haber puesto semanas o incluso meses de trabajo duro sin experimentar ningún resultado aparente.
Sin embargo, si el proyecto y su esfuerzo está correctamente direccionado jamás se desperdiciará y tan solo se acumulará. Para después de un tiempo prudente, resurgir revelando el verdadero valor de las labores previas que se han realizado.
Nunca somos tan buenos como nos pensamos, pero podemos ser mejor de lo que creemos y demostrado está que a largo plazo no suelen triunfar los más brillantes sino los talentos promedios que vencen a la pereza y el desánimo cada jornada.
Los individuos de excelencia siempre encuentran la manera de transformar la debilidad en fortaleza y toman aquello mismo que debía haberlos detenido utilizándolo para progresar.
La historia indica que al final, en mayor o menor medida, esta resiliencia persistente es algo que todos sus grandes hombres y mujeres tienen en común. Los obstáculos son el combustible que alimenta su tránsito al objetivo y cada impedimento lejos de desanimarlos, los motiva cada vez más.
La mayoría de la gente solo percibe la «foto» del éxito, pero pocos se interesan por su «película», o sea ese largo proceso que tiene muchísimo trabajo, esfuerzo y obstáculos detrás.
En 2019 durante mi vista al Centro de Entrenamiento de los San Antonio Spurs, ese lugar donde los multicampeones de la NBA modelan la materialización de sus sueños, recuerdo haber visto un cartel en una de sus paredes, con una frase de Jacob Riis que en cada jornada de práctica se encargaba de recordarles a sus jugadores y cuerpo técnico, cuál era el camino a seguir por la franquicia:
«Cuando nada parece ir bien, visito al cantero. Este hombre golpea la roca con su cincel y su martillo quizá hasta un centenar de veces sin hacerle siquiera una grieta. Sin embargo, al dar el siguiente golpe, la roca se parte en dos. Sé que ese no fue el golpe que rompió la roca, fue la suma de todos los golpes que dio anteriormente.»
