Aquel viejo dirigente empresarial devenido a la política, se había quedado solo, desconsolado, y lo que es peor, con dudas existenciales de cómo seguir adelante con alguna de las actividades que siempre lo habían distinguido.
El otrora experimentado líder emprendedor, lugar desde el que supo timonear con “mano militar” no solo los negocios sino hasta un gobierno local, y al que tuve la oportunidad de ver “brillar” en su apogeo, había perdido muy mal en la última votación para renovar como máximo ejecutivo municipal. El estupor lo dominaba. La nave de toda su gestión y de su vida, no solo había puesto proa al puerto de la caída, sino que además comenzaba a dar señales de naufragio.
Los ratones -cuándo no- fueron los primeros en abandonar el barco del proyecto en aquella oportunidad, mientras que por fortuna, los pasajeros y el resto de la tripulación quedaron a salvo en los botes que funcionaron adecuadamente.
En un tradicional bar, compartiendo mesa con aquel capitán ganador de muchas batallas -pero derrotado en la última-, lo escuchaba reflexionar en relación al episodio, sentenciando café por medio, mientras me señalaba con su dedo índice: “Como decía el General Perón… se empieza con los buenos, se sigue con los leales y se termina con los chupamedias”. Conociendo al personaje era toda una autocrítica a su modelo de gestión vertical, usando la cita como recurso para explicar sintéticamente el porqué de su fracaso.
Algunos años después de esa historia patriarcal que guardo en la memoria de mis aprendizajes, y con algo más de «tierra en el baúl» por algún camino recorrido, me interpela la necesidad de ahondar en el pensamiento sobre la consecuencia de la obsecuencia en el ámbito de las organizaciones empresariales.
Según la Real Academia Española, consecuencia -en su segunda acepción- significa «correspondencia lógica entre la conducta de una persona y los principios que profesa», obsecuencia en cambio implica «sumisión» y erróneamente se la suele confundir como sinónimo de lealtad. No lo son, y la diferencia consiste en que mientras esta última advierte que acompañará solo hasta el portón del cementerio, aquella otra con su silencio «políticamente correcto», invita directamente a ingresar en él.
Paradójicamente algunas culturas empresariales suelen castigar la consecuencia cuando tuvieran que premiarla, mientras que al mismo tiempo parecieran hacer todo lo posible – consciente o inconscientemente – para promocionar la obsecuencia, cuando claramente debiera ser la repudiada.
En medio de toda esta parafernalia de métricas con vocación de mensurarlo todo -tanto lo tangible como lo intangible- no puedo dejar de preguntar:¿Existen KPI´s que nos puedan indicar la perfomance de la obsecuencia o los obsecuentes? porque independientemente del trato que cualquier organización pretenda darle al tema, no es una buena opción ignorarlo.
Mi ambiente preferido para evaluar el nivel de condescendencia siempre fueron las reuniones presenciales -sobre todo las complejas- donde el lenguaje no verbal suele expresar más que todas las palabras que allí pudieran decirse.
Uno de los grandes activos que tienen estos personajes que cultivan la habilidad gatuna de caer siempre parados, es el «timming» de la opinión. Es maravilloso observar como colocan sus «sonrisas instagram», o sus ceños fruncidos y palabras en el momento justo. Jamás son los primeros en hablar y en las reuniones donde hay un obsecuente mayor suelen reiteradamente «ponerle el moño» a ruedas de opinión. Artesanos de los resúmenes, siempre prefieren decir por boca de otros, cerrar los encuentros y edulcorar las críticas.
Si uno quisiera predecir a estos maestros de permanecer y transcurrir, bastaría poner atención en a quien le dedican la mayoría de sus miradas durante las deliberaciones, sobre todo si un poder superior al de su alcance de fuego estuviera presente en la convocatoria.
El obsecuente corporativo además suele ser absolutamente opuesto al conflicto. Jamás entrará en alguno, salvo una excepción que lo pinta de cuerpo entero. Si en el entredicho está involucrado el jefe, entonces el obsecuente estará enrolado en ese territorio.
La consecuencia nunca podría ir de la mano con la obsecuencia.
Ser consecuente con la compañía obliga a una línea de conducta, basada en principios y valores que se forjan en la vida personal de cada uno, y si bien en alguna circunstancia se pueden presentar dificultades en su vínculo con los de la cultura corporativa, si esa discrepancia se diera dentro de un ambiente de honestidad intelectual, en la mayoría de los casos terminará agregando valor. Caso contrario el consecuente sabrá qué hacer para causar el menor daño colateral posible resolviendo el conflicto, si es que la organización no decidiera penalizarlo antes.
El consecuente siempre tendrá la tranquilidad de conciencia que brinda la confianza en sus convicciones, de modo que sin fanatismo, le posibilitará pararse transparentemente frente a quien sea, dejando saber claramente lo que piensa, siente y quiere. Y se puede equivocar, porque el error es humano; pero siempre desde sus creencias y no desde la especulación.
La especulación precisamente es el motivo del obsecuente. La obsecuencia construye lazos de intereses, sin libertad de conciencia y atados a las decisiones, humores y vaivenes de otros. A los obsecuentes en el fondo no les interesa servir a la organización, sino por el contrario, acceder al poder por el ascensor para poner la organización a su servicio. Y eso garantiza la destrucción sistemática de cualquier lazo de confianza que se pueda querer edificar. ¿Y qué son las empresas exitosas sino otra cosa que una construcción colectiva de círculos de confianza?.
Sobre el final me resuena más que nunca la frase que me expresaran en aquel bar: «se empieza con los buenos, se sigue con los leales y se termina con los chupamedias» …y dicen que es de sabios aprender de la experiencia ajena. Que aquella cita sirva de moraleja .
