Hace algunos años cuando iniciaba mi tránsito por la vida corporativa, luego de una sobremesa extendida donde abundan esos buenos vinos que invitan a decir la verdad, un notable CEO que en ese entonces iba camino a su retiro, me interpeló:
—Ale¿vos sabés cuál es en esencia la función del CEO?
—Puede ser que tenga una idea, pero te escucho.
Y aquel viejo líder se me acercó como quién iba a revelar su secreto mejor guardado, para decirme:
—La función del CEO es el arte de ceder permanentemente … eso sí, lo más dignamente posible, de modo que el común de la gente no lo advierta…—para después con una ruidosa risotada volver a reclinarse en su mullido sillón y seguir haciendo aros de humo con su Cohiba, mientras pedía otra «copita» de un inolvidable Carmenere chileno.
Siempre pensé que me había hecho una broma, pero bien dicen que el humor adelanta la realidad, y tanto mi carrera como la vida misma luego se encargaron de recordarme aquella definición, sobre todo cada vez que tuve que enfrentar dilemas.
Sin dudas, es menos divertido ser CEO cuando los mercados están a la baja, la actividad se estanca, los costos se aceleran, la voracidad impositiva no tiene límites, la economía tiende a ser negativa y no se avisora un rebote en el horizonte, la regulación aumenta, a los colaboradores no les alcanza el sueldo, la cadena de suministro no funciona, el humor social influye en el clima de negocios y siguen las firmas.
—Dicen que no hay mal que dure cien años, pero justo con mi empresa nos han tocado sobrevivir los últimos sesenta de ese rango. ¿Vos decís que aguantamos cuarenta años más?¿Qué hubiera sido de nosotros con un entorno amigable?—reflexionaba hace días en forma contrafáctica un directivo cercano mientras analizábamos la realidad económico social de Argentina.
No es ninguna novedad decir que el mundo y particularmente nuestro país están entrando en una época de ajustes, especial circunstancia donde además los accionistas quieren seguir viendo a sus empresas como activos, esto es con capacidad de generación de fondos y no como demandantes de ellos. Por lo que seguramente, al mismo tiempo pondrán un ojo en la «top line» del estado de resultados, y el otro en la «bottom line» , mientras en el medio deberán pasar cosas para que se sostengan sus pretensiones, y que precisamente son la razón de ser de la gestión de sus máximos ejecutivos, porque para eso les pagan más que suficientemente.
En un período de «vacas flacas», con recesión, inflación e incertidumbre jugando en sociedad, «operación mata visión». La gestión prevalece mucho, mientras que en general se descree de las grandes miradas, el futuro es hoy y se necesitan operadores que ocupen ese asiento de comando con idoneidad para surfear la ola perfecta que el entorno te plantea cada día.
Y si gestionar es decidir, y por lo tanto, optar por una es descartar el resto de alternativas, entonces elegir es ceder, de allí que la pregunta que cabe a modo de dilema es:
¿Qué estarán dispuestos a ceder los CEO -en esa ancha avenida del medio que va desde sus ingresos por facturación hasta los resultados netos finales- para satisfacer el interés de sus propietarios? por supuesto que… «de la manera más digna posible».
No son momentos para el «wait and see» , que generalmente los consultores mediocres sugieren cuando no tienen otra cosa que decir, o cuando no les conviene decir lo que realmente están pensando.
Esperar y ver, sería un consejo que podría adoptarse desde lo personal, pero no desde lo empresarial. Puede resultar una pésima metáfora de comunicación corporativa. La empresa es una obra que cada día debe tener claramente explicitado cuál es su norte y cuáles son sus desafíos, para encolumnarse detrás de ellos.
Es inimaginable un CEO convocando a sus colaboradores en estas instancias para decir: «No vamos a hacer otra cosa que esperar, hasta ver qué sucede con esta coyuntura». Si bien el futuro se construye con las acciones u omisiones del presente, un mensaje procrastinador por estos tiempos puede contribuír al estupor colectivo de sus grupos de interés, y ello derivar en una «organización estupidizada», que en mi opinión es el peor de los estados para cualquier emprendimiento, obviamente antes de su desaparición.
Párrafo dedicado para el «círculo de confianza» que habitualemente rodea al líder, esa «mesa chica» que en muchos casos como éste suele convertirse en una «mesa ratona», dejando al CEO como único responsable de la opción elegida, sobre todo si aquella no fuere la más simpática. Escuchar el disenso en privado de muchos de ellos luego de haber consensuado públicamente el proceder, aunque no siempre sucede, jamás ayuda: «¿Yo señor? No señor, …fué el gran bonete!!!».
Lamento por último advertir al lector que no tengo opinión genérica respecto de aquella inquietud entre qué elegir y por lo tanto en qué ceder. Sería una irresponsabilidad hacerlo en forma tan liviana, primero porque seguramente no habrá una única respuesta, segundo porque se trata de un «traje a medida» para cada organización y de eso deben ocuparse el o los sastres a cuyo cargo está resolver el dilema que propone la prenda. Mi obligación solo consiste en plantearlo.
