Cualquier cambio es difícil y mucho más si se trata de implementarlo en organizaciones. Siempre es oportuno recordar que la transformación digital de una organización trasciende la tecnología y los modelos de negocio; y en una era de evolución progresiva, tensiones geopolíticas y agitación económica, no avanzar es lo mismo que retroceder.
La cultura siempre juega un papel fundamental para llevar con impacto una organización a la era digital; de hecho, el éxito de una transformación digital se basa en una comprensión cabal de las complejidades de la cultura. Pero pocos líderes empresariales tienen en claro completamente cómo cambia la cultura de una empresa durante una transformación digital y, lo que es más crucial, cómo no cambiará.
Muy pocas organizaciones han encarado iniciativas de peso dedicadas a modificar la cultura en un proceso de transformación digital. No alcanza con comprar una gran cantidad de tecnología y, en algunos casos, adoptar metodologías de moda para procurar cambiar los procesos; hay que invertir con la misma intensidad y frecuencia a la hora de intentar cambiar «el folklore corporativo» en una dirección más digital o guiada por los datos.
Se puede destinar todo el dinero del universo para proveerse de tecnología o de procesos, pero si no se logra que las personas modifiquen su «mindset», sus hábitos y procederes en el trabajo, simplemente la transformación digital no va a suceder.
Generalmente la cultura de la mayoría de las empresas tradicionales va en dirección opuesta a la de la transformación digital. En cualquier organización clásica, inclusive en aquellas que ya han iniciado el camino del cambio, hay una larga lista de cosas no resueltas, de cabos sin atar y de conversaciones o acuerdos pendientes.
No plantearse las preguntas correctas, y hallar las respuestas adecuadas, hará que sigamos escuchando quejas parecidas a las de un amigo empresario cuando me espetaba, después de hacerme pagar nuestro último café y sin perder el humor que lo caracteriza: «Luego de invertir varios millones de dólares durante una década para transformar digitalmente nuestra compañía tradicional, he visto a la empresa fundada por mi abuelo y legada por mi padre, convertida en un «kindergarten» con varias salitas, donde a menudo me encuentro con equipos enteros moviendo «post-its» en paredes físicas o virtuales, con sus «product owners», «business partners», «agile coaches», sus certificaciones, sus ceremonias, y en el fondo no sé muy bien que hacen. Pero lo que sí me consta es que las ventas no se incrementaron, los costos subieron en relación a ellas, los gastos se nos han duplicado en gran parte producto de esta decisión que obliga a mantener dos estructuras paralelas, los procesos siguen teniendo las mismas falencias y las fuertes inversiones realizadas en software para la transformación, ni miras de amortizarse, en definitiva, los resultados no solo no llegaron sino que el déficit enmarca todo el proceso».
La transformación digital por el momento, no ha logrado siquiera convertir el optimismo inicial en esperanza, algo esencial para cualquier emprendimiento porque precisamente y a diferencia del primero que está más vinculado a la fe que a la razón, en este último estadío logran establecerse los fundamentos sobre porqué todo lo sucesivo será para mejor. A juzgar por aquel informe de Boston Consulting Group (BCG) el 74% de los proyectos iniciados han defraudado en distinto grado, las expectativas de metamorfosis de las compañías, que decidieron abandonar el formato tradicional de sus estructuras, exitosas hasta tomar esa decisión, y que ahora no estarían siendo recompensadas por la alternativa.
«No solo no hay «payback», ni agregado de valor, sino lo único que se visualizan son tremendas inmovilizaciones de liquidez y aumento de estructura de costos fijos y variables. ¿Me podés decir cuál es el negocio entonces?. Cada vez más me cuesta explicar en Junta de Accionistas que se trata de una inversión y no de un gasto. Parece que ni el tiempo ni la tasa de retorno importaran en este proyecto. Lejos de haber logrado un polo de conocimiento interno que provea a la solución, cada vez tenemos mayor cantidad de consultores involucrados. Pero lo más grave de todo es que estamos en punto de no retorno y el avión sigue carreteando sin lograr despegar» : se confesaba un CEO de importante empresa regional, sin dudas enrolado entre los insatisfechos y a punto de pasar a la categoría de los decepcionados.
Ante circunstancias que presagian un horizonte empresarial complicado, la transformación digital se levanta como un faro de promesas y posibilidades. Sin embargo, mientras navegamos por entornos cambiantes, inciertos y efímeros, pero que en cualquier caso demandarán la reinvención y/o la innovación, debemos reconocer que esas expectativas pueden quedar en deuda. La realidad en datos y no en opinión, nos está mostrando que la transformación digital, lejos de estar cumpliendo con sus promesas, se encuentra muy cerca de defraudarlas. Es en este punto crítico donde deberíamos detenernos y reflexionar sobre el enfoque que se le ha dado. ¿Estamos verdaderamente abrazando el potencial transformador de la digitalización, o nos estamos extraviando en un laberinto de tecnología, procesos y metodologías sin sentido? Siempre se está a tiempo de redoblar esfuerzos, efectuando autocrítica honesta, asumiendo las equivocaciones, reconociendo los desafíos y comprometiéndonos a superarlos. Solo entonces podremos redimir la deuda de esperanza y llevar la transformación digital hacia un futuro más tangible y cumplidor del optimismo que depositamos en ella.
