Cuenta la leyenda que un día la Mentira y la Verdad se encontraron en un río. Entonces, la Mentira le dijo a la Verdad:
– Buenos días, doña Verdad.
Y la Verdad, que no confiaba mucho en su nueva amiga, comprobó si realmente era un buen día. Miró al cielo azul sin nubes, escuchó cantar a los pájaros y llegó a la conclusión que, efectivamente, era un buen día.
– Buenos días, doña Mentira.
– Hace mucho calor hoy, dijo la Mentira.
La Verdad vio que como decía la Mentira, era un día caluroso.
La Mentira entonces invitó a la Verdad a bañarse en el río. Se quitó la ropa, se metió al agua y dijo:
– Venga doña Verdad, que el agua está muy buena.
Por aquel momento la Verdad ya se fiaba de la Mentira, así que se quitó la ropa y se metió al río. Pero entonces, la Mentira salió del agua y se vistió con la ropa de la Verdad mientras que la Verdad se negó a vestirse con la ropa de la Mentira, prefiriendo salir desnuda y caminar así por la calle.
La gente no decía nada al ver a la Mentira vestida con la ropa de la Verdad, pero se horrorizaba al paso de la Verdad desnuda.
Una fábula que admite muchas interpretaciones pero que también simboliza perfectamente uno de los principales problemas de muchas organizaciones, empresas o equipos de trabajo: prefieren auto engañarse creyendo una mentira que está muy bien presentada para que parezca verdad, antes que enfrentarse a la auténtica verdad sin ropas.
La integridad y la autenticidad son la columna vertebral de cualquier empresa que aspire a ser genuina y perdurable. En el actual panorama de negocios donde la confianza y la transparencia son cada vez más valoradas, las compañías enfrentan una presión constante para alinear sus acciones con sus valores declarados.
Una organización de verdad es aquella que no solo proclama ciertos valores y principios, sino que también los vive y los respira en su día a día. Este tipo de entidades se distinguen por su coherencia entre lo que dicen y lo que hacen.
La cultura corporativa de una organización de verdad es tangible, y se refleja en la forma del trato a sus empleados, y los vínculos con sus clientes y otros interesados. Es una construcción colectiva que se centra en la transparencia, la rendición de cuentas y el compromiso con sus promesas.
Por otro lado, las organizaciones que no son auténticas son aquellas que predican valores nobles pero en la práctica dependiendo de la circunstancia los reemplazan, los ignoran o los violan sistemáticamente. Este tipo de emprendimientos pueden confundir a muchos durante un tiempo, pero en algún momento la verdad tiene maneras de salir a la luz.
Los empleados descontentos, los clientes insatisfechos y algún que otro escándalo interno o público son algunas de las formas en que la realidad de una organización hipócrita eventualmente se revela. Cuando las normas que regulan su funcionamiento no son más que una fachada, la confianza y la lealtad, que son esenciales para su sostenibilidad, se erosionan rápidamente.
Nunca más oportuna una cita atribuida a Abraham Lincoln y que resuena profundamente en este contexto: «Se puede engañar a todas las personas parte del tiempo y a algunas personas todo el tiempo, pero no se puede engañar a todas las personas todo el tiempo».
La verdad es hija del tiempo y al final, siempre emerge. Las organizaciones que intenten construir reputación en base de falsedades, engaños o con una marcada brecha entre dichos y hechos, eventualmente enfrentarán las consecuencias de sus acciones. La pérdida de credibilidad, la disminución de la moral del personal y el éxodo de los mismos como así también de los clientes son solo algunas de las repercusiones inevitables.
Reflexionar sobre organizaciones de verdad implica considerar aquellas que no solo existen para obtener beneficios, sino que también están comprometidas con sus ideales y creencias fundamentales. Estas organizaciones están convencidas de su propósito y de su forma de operar. Su autenticidad se manifiesta en todas y cada una de sus operaciones y decisiones.
En las organizaciones de verdad trabajan con honestidad y congruencia. Se construyen relaciones duraderas y de confianza, tanto internamente como con la sociedad en general. No solo prosperan sino que además perduran.
Estar vinculado a una organización de verdad no solo es más satisfactorio y éticamente recomendable, sino que también es más saludable y ofrece una base más sólida para el desarrollo personal y profesional con mejor calidad de vida.
