Radio pasillo

Radio pasillo

El radio pasillo es esa vieja alternativa de comunicación que, aunque no figure en los manuales de gestión, siempre encuentra su lugar en cualquier organización. No tiene departamentos ni presupuestos asignados, pero despliega una influencia brutal, sobre todo en aquellas entidades que tienen una relación complicada con la transparencia. En las empresas donde faltan respuestas claras, donde las decisiones no se sabe muy bien dónde, cómo, cuándo ni quienes las toman, y los comunicados oficiales se redactan con «sarasasa» lingüístico, el radio pasillo no solo opera sino que reina.

El problema en estas organizaciones es que, al no ofrecer información confiable ni canales formales de diálogo, el vacío comunicacional que se genera no se queda sin ocupación por mucho tiempo. Los colaboradores detestan la falta de fundamentos. Entonces, cualquier comentario en voz baja en el café, más el agregado de un detalle en el ascensor, cuando llega al piso de la oficina, lo que era un rumor se transformó en un hecho consumado. ¿Tal vez no sea cierto? Es muy probable. Pero eso ya no interesa. Lo que importa es lo que la gente cree, porque esas creencias son las que terminan moldeando la cultura organizacional.

Y hay una faceta más perversa todavía: muchos malos líderes, conscientes de su incapacidad para convencer desde una comunicación honesta y abierta, deciden gestionar desde el radio pasillo como herramienta de manipulación. En lugar de combatirlo, lo alimentan con información parcial, rumores estratégicos o medias verdades, con la intención de controlar la narrativa desde bambalinas. Es un juego muy peligroso, porque convierte la desconfianza en un insumo de gestión. Estos líderes no buscan transparencia ni cohesión, sino mantener a todos en una suerte de incertidumbre calculada, donde nadie tiene la «big picture» excepto ellos. En su visión, cuanto más dividida y desconfiada esté la organización, más poder acumulan. Lo que no comprenden es que, a la larga, este tipo de prácticas no solo erosiona la cultura organizacional, sino que también termina devorándolos a ellos mismos. La desinformación puede ser útil en el corto plazo, pero siempre te pasa la factura. Y suele ser cara.

En esos ecosistemas, el radio pasillo se convierte en un arma de doble filo. Por un lado, es una herramienta de supervivencia: cuando la gente no puede confiar en la información oficial, busca su propia verdad. Pero por otro, puede ser un multiplicador de desinformación, un generador de paranoias que desgastan aún más la confianza.

¿Quién es el responsable de que el radio pasillo prolifere?

Principalmente, una dirección o una gerencia que tiene una política de comunicación inexistente o ineficiente. Porque el radio pasillo florece donde no hay diálogo transparente y también donde falta liderazgo efectivo. En ámbitos donde las decisiones parecen arbitrarias y los criterios nunca se explican, los empleados no solo especulan también se desmoralizan. Y en ese terreno fértil, los rumores son la mejor semilla para su existencia.

Un buen líder sabe que la comunicación debe ser como el oxígeno o el agua: imprescindible y constante. Cuando los equipos entienden el «por qué» detrás de las decisiones y sienten que hay coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, el radio pasillo pierde poder. Seguramente no desaparecerá nunca, porque en definitiva somos humanos y siempre habrá quien disfrute el chismerío, pero será una anécdota y no una fuerza dominante.

Warren Buffett lo resumió perfectamente: «Se necesitan 20 años para construir una reputación y cinco minutos para arruinarla.» Y pocas cosas destruyen más rápido el prestigio y la confianza que la ausencia informativa o el uso retorcido del rumor como herramienta de gestión. En el fondo, cada acción, cada decisión, es un mensaje. Y ese mensaje debe ser tan contundente en claridad y coherencia que hasta el más complicado de los radio pasillo se quede sin palabras para decir.

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