Liderazgo de crisis

Liderazgo de crisis

«Los náufragos no tienen buenos modales» nos expresaba en su clase magistral de liderazgo aquel viejo profesor de estrategia empresarial. No es una frase cómoda, pero es una metáfora de honestidad brutal que describe la esencia de una crisis. En esos momentos difíciles, las jerarquías, los procesos habituales y las formas quedan relegados. Sobrevivir se convierte en la única prioridad.

Las crisis empresariales son como tormentas que llegan sin ningún aviso o porque habiendo señales los líderes no alcanzaron a verlas. Un día se navega en calma, y al siguiente, el casco comienza a hacer agua. De pronto, la empresa deja de ser una máquina aceitada y se transforma en un navío que lucha desesperadamente por mantenerse a flote. En estas circunstancias, el liderazgo amable o deliberativo puede convertirse en un lujo peligroso.

Como médicos de guardia frente a una emergencia empresarial, los líderes deben actuar con rapidez y decisión. La duda o el exceso de análisis son tan letales como la misma inacción. Ante una hemorragia, el médico no pierde tiempo debatiendo: identifica el daño, toma las herramientas disponibles y actúa. Del mismo modo, un líder en crisis debe centrarse en lo esencial: ¿Qué puede salvarse? ¿Qué sacrificios son necesarios para preservar lo más importante? …y a los hechos pecho.

La presión saca lo mejor o lo peor de las personas. Como en un naufragio, los equipos pueden volverse caóticos o alcanzar niveles de heroísmo impensados. No hay lugar para que el estupor te paralice. El o los líderes, en estos casos, deben «ponerse el saco» de capitán y tomar el timón en medio de la tormenta o también vale el ejemplo del médico que calma a los desesperados mientras estabiliza la situación. No se trata de ser duro por el simple hecho de serlo, sino de entender que, en esas circunstancias, la supervivencia exige decisiones firmes y modos que no siempre serán políticamente correctos.

Cuando el agua entra al barco, no hay tiempo para largas deliberaciones, ni para justificaciones de deslinde de responsabilidades, ni para buscar consensos absolutos. La acción inmediata y conjunta es la que marca la diferencia entre flotar o hundirse. Y aunque esas decisiones no siempre serán perfectas, lo importante es que permitan ganar tiempo, contener el caos y asegurar un rumbo.

La historia nos demuestra que las grandes empresas, como los grandes líderes, se definen por cómo actúan en las crisis. Los procesos pueden recuperarse, los modales pueden ajustarse y las explicaciones vendrán siempre después, pero si el barco se hunde o el paciente se muere, nada servirá. Como en la sala de guardia del hospital, el objetivo no es complacer ni quedar bien: sino es salvar vidas, o en este caso, salvar la empresa.

Siempre hay que recordar además que toda dificultad lleva impícita una oportunidad por lo que nunca hay que desperdiciar una crisis grave. Y lo que quiero decir con esto es que es una muy buena ocasión para hacer cosas que antes se creía que no se podían hacer.

El liderazgo en tiempos de crisis no es para cualquiera, porque no brinda espacio para las dudas prolongadas ni para el análisis en demasía. Lo que demanda es acción, urgencia y el coraje para tomar decisiones difíciles en momentos complejos.

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