Cambio: del dicho al hecho

Cambio: del dicho al hecho

Hablar de transformación está de moda y espero sinceramente que deje de estarlo, porque no es solo algo pasajero para las empresas, por el contrario es algo permanente y esencial.

Todo el mundo dice que su empresa está en «plena reinvención», como si eso bastara para ser modernos y relevantes. Pero yendo al grano: cambiar de verdad no es un eslogan ni una campaña de marketing. Es una batalla, y como en toda buena pelea, hay que sudar, sangrar y, sobre todo, ser perseverante.

El problema es que muchos ven la transformación como un trámite, un proyecto con fecha de inicio y fin. Error. Cambiar no es algo que hacés; es algo que sos. Y para llegar ahí, necesitas pasión y acción. No la versión romántica, sino la otra que te quita el sueño y te obliga a ver las cosas desde todos los ángulos.

Para empezar, el cambio no pasa porque alguien con saco y corbata lo mande desde la sala del Directorio o de la Alta Gerencia. Pasa cuando los que están en las trincheras de la compañía sienten que el cambio es suyo. Porque nadie se enamora de algo que le cae del cielo sin que lo entienda demasiado y ni siquiera lo haya tocado. Acá es donde se prende la llama, pero no la de unos pocos iluminados. Hablo de una pasión compartida por todos los niveles de la empresa, desde el CEO hasta el que maneja el montacargas del archivo.

Pero ojo, no se trata de obsesionarse con el cambio en sí, sino con el problema que se quiere resolver. Si no sabés cuál es tu objetivo, si no tenés en claro el para qué, lo único que harás será confundir al resto de los colaboradores y gastar un dineral en consultores. Por eso, los cambios efectivos nacen de una combinación infalible: un propósito claro y una pasión por lograrlo.

Ahora bien, la pasión y la perseverancia no son suficientes. También necesitás método. No podés lanzarte como «pollo sin cabeza» a implementar cambios porque sí. Hay que observar, aprender y actuar. Y lo más importante, adaptarse sobre la marcha. No todas las ideas que funcionan en el papel sobreviven al contacto con la realidad, y aceptar eso es fundamental.

La transformación además, requiere algo que a muchos les falta: tolerancia a la incomodidad. Porque cambiar significa moverse de lo conocido a lo incierto. Significa aceptar que la perfección no llega en el primer intento, y que el progreso se logra a base de actuar y recalibrar constantemente.

El cambio, cuando se hace bien, deja de ser un proyecto y se convierte en una mentalidad. Y esa mentalidad, esa obstinación bien dirigida, es lo que separa a las empresas que sobreviven de las que lideran. Así que, si querés pasar del dicho al hecho, ya sabés: no basta con querer cambiar. Hay que arremangarse, involucrar a todos, y perseverar hasta que el cambio sea tan natural como respirar.

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