Carta a un futuro CEO

Carta a un futuro CEO

Querido futuro CEO:

Si estás leyendo esto, es porque en algún momento de tu vida te picó el bichito de liderar. Capaz porque sos ambicioso, o te gusta gestionar lo complejo o simplemente porque te tocó el número en la rifa. Sea como sea, dejáme decirte algo que no vas a encontrar en los manuales de management ni en las charlas motivacionales: liderar no es del todo lo que te vendieron.

No sos un héroe, ni un iluminado, ni el salvador de la empresa. Y cuanto antes entiendas eso, mejor para vos y para los que te rodean. Ser líder no significa creértela, dar órdenes a lo loco o ser el más piola de la reunión. Significa arremangarte, bancarte el peso de las decisiones y, sobre todo, saber cuándo callarte la boca para dejar que el equipo haga su parte.

Vas a tener a más de uno aplaudiéndote las ocurrencias, endulzándote el oído con informes manipulados y dibujándote un panorama color de rosa. Cuidado con eso, porque es la receta perfecta para perder el rumbo. Si de verdad querés hacer las cosas bien, bajáte del trono, dejá el Excel por un rato y ponéte a escuchar a la gente de tu círculo de confianza, que cuánto más grande sea, mejor.

Un buen CEO no es el que se las sabe todas, sino el que tiene la humildad de rodearse de gente más inteligente que él y les da el espacio para que fluyan. No se trata de imponer tu visión con cara de póker, sino de construir algo en equipo.

El mundo está lleno de jefes que piensan que admitir un error es perder el honor. No seas uno de esos. La posta es que la gente respeta más a los líderes que saben decir “me mandé una macana” que a los que se hacen los infalibles.

Ahora, ojo con pasarte de rosca. No podés andar dudando de todo como un indeciso crónico. Cuando haya que decidir, decidí. Con convicción, con datos y, sobre todo, con los pies en la tierra.

Dejá de pensar que el éxito depende de tener todo bajo control. Si te pasás el día microgestionando hasta el color de los post-its, vas a terminar destruído y lo peor es que vas a volver loco a tu equipo. Tu laburo es otro: crear las condiciones para que las cosas pasen sin que estés encima obsesivamente. Hacé las preguntas oportunas y correctas, sacá los obstáculos del camino y después dejá que la gente haga lo suyo.

Porque si necesitás estar controlando todo el tiempo, capaz que el problema no es el equipo. Capaz que el problema sos vos.

No te voy a macanear: hay momentos en que vas a sentir que estás solo contra el mundo. A veces vas a tener que tomar decisiones que son una porquería, despedir gente que te cae bien o dar volantazos que nadie entiende en el fondo del todo. Y sí, no es muy agradable, pero ese es el costo del traje que tenés puesto y además para eso te pagan. Ser CEO no es hacer amigos, es tener la espalda para bancarse las malas y asumir que cuando las circunstancias se pudran, la principal responsabilidad será la tuya.

Y acordáte: cuando las cosas salen bien, todos se cuelgan la medalla; pero cuando salen mal, sos el único que va a salir en la foto. Es así, por lo que tendrás que aprender a vivir con eso.

En definitiva lo que realmente importa no es el número de reuniones, ni la cantidad de KPI cumplidos, ni los premios que te den en eventos corporativos. Lo que importa es si lograste armar algo que aporte al bien común, si tu equipo te respeta de verdad y si podés mirarte al espejo sin sentir que sos un chanta más.

Así que, querido futuro CEO, dejáte de pavadas, ponéte las pilas y entendé que liderar no es un lujo, es algo muy complicado que, si lo encarás bien, vale la pena. Hacélo con humildad, con coraje y objetividad. Y al final del camino, cuando todo esto termine, capaz alguien diga que tuvo sentido seguirte.

Suerte, porque la vas a necesitar.

Atentamente, de alguien que ya estuvo en ese sillón.

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