De chico me encantaban las Historietas del Dr. Merengue del genial Guillermo «Willy» Divito. Para los que no lo recuerdan, era el caso de un tipo impecable, educado y correcto, que hacía siempre lo políticamente adecuado. Pero el verdadero espectáculo estaba en su “otro yo”, ese «alter ego» que decía lo que realmente pensaba, sin filtros ni hipocresías. Mientras el Dr. Merengue sonreía y soltaba frases impecables, su «otro yo» desnudaba las verdades incómodas. Una especie de Mr. Hyde criollo como bien se lo definiera.
Algo parecido sucede en el mundo de la gestión de las organizaciones. Hay un «speech» oficial lleno de valores y principios impecables, que queda precioso en mensajes, presentaciones y carteles corporativos. Pero detrás de esa fachada, hay una realidad menos elegante, que choca con aquel relato por estar plagada de incongruencias conocidas por todo el mundo, pero que pocos se animan a mencionar en voz alta.
Confieso que, a lo largo de mi camino en la gestión y en la dirección, he convivido y hasta incurrido en algunas de estas contradicciones. No sé si consciente o inconscientemente, pero lo cierto es que, con el tiempo, aprendí a verlas con más claridad. Y si algo puedo trasladar de esa enseñanza, es la necesidad de cuestionarlas, de interpelarlas, intentando que el discurso y los hechos estén un poco más alineados.
Así que, a modo de «lado B» de los valores corporativos y en un sencillo homenaje al «otro yo» del Dr. Merengue, acá va una lista de esos postulados con sus correspondientes incoherencias más comunes que advierto aún sobreviven en las oficinas, salas de reuniones y prédicas del management.
1. «Nuestra gente es lo más importante»
¡¿Mirá vos?! Hermosa frase para la placa de LinkedIn, pero en la práctica muchas empresas tratan a su gente como recurso y no como capital. Si realmente fuera lo más importante, el foco estaría en cuidarlos, formarlos y reconocerlos. Nadie se desprendería de su capital en los momentos de ajuste, pero en los hechos la suspensión o reducción de la plantilla suele ser lo primero en recortarse
2. «Nos manejamos con total transparencia»
¿Sí? Entonces habría que explicar por qué hay tantas reuniones a puertas cerradas, mails que no llegan a todos, decisiones que aparecen de la nada y el «radio pasillo» es el canal de comunicación que más se escucha . La transparencia es como el unicornio del management: todos hablan de ella, pero pocos la han visto.
3. «Acá valoramos la innovación»
Salvo que implique cambiar en grado sumo, molestar a los que ostentan el poder o cueste más de lo esperado. La mayoría de las empresas tradicionales aman la innovación… siempre y cuando sea una mejora incremental que no sacuda demasiado los «status quo».
4. «El cliente siempre tiene la razón»
Sí, claro, hasta que empieza a cuestionar nuestros procesos, a contarnos su experiencia desastrosa, a pedir demasiado o a no pagar lo que queremos cobrarle. En la práctica, hay clientes que jamás tienen razón, ni aún cuando estén leyendo el contrato en voz alta.
5. «Acá trabajamos en equipo»
O sea, cada uno hace lo suyo y trata de sobrevivir a los egos, las internas y las reuniones que bien podrían haberse resuelto con un mail. El «trabajo en equipo» muchas veces es sinónimo de «encargáte vos que yo estoy ocupado».
6. «Recompensamos el mérito»
Por supuesto, siempre y cuando el mérito venga acompañado de la política correcta, la simpatía con el jefe de turno o una dosis adecuada de diplomacia corporativa. Si el mérito fuera realmente la clave, el nepotismo no existiría, y por lo tanto algunos jefes no durarían ni una semana en su cargo.
7. «Somos una gran familia»
¿Familia? Una familia no te despide con un mail o te deja afuera porque «la situación está difícil». La empresa es una organización con intereses propios, y lo que busca es que rindas. No hay fiestas de fin de año ni distinciones por antigüedad en un cargo que lo cambien. No te confundas.
8. «No nos importa la jerarquía, todas las ideas son bienvenidas»
Hasta que se le ocurre algo a alguien que no tiene la autoridad suficiente. Suele suceder que en la mayoría de las empresas, las buenas ideas se miden según quién las dice, no por su contenido.
9. «Nos importa el bienestar de nuestros empleados»
Por supuesto, pero después se imponen objetivos discrecionales e imposibles, te escriben mails o whatsapps a cualquier hora y te llenan de reuniones eternas. El «bienestar» suele reducirse a un par de charlas motivacionales y una máquina de café con snacks gratis.
10. «Nos enfocamos en el largo plazo»
Salvo que haya que cerrar el trimestre con buenos números para que los dueños, los accionistas o en el directorio no se pongan nerviosos. La visión a largo plazo suele durar lo que tardan en aparecer los primeros problemas de caja o resultados.
11. «Somos una empresa comprometida con el medio ambiente»
Claro. ¿Y porqué seguimos teniendo como clientes y/o proveedores a compañías o personas que generan y/o dependen de procesos altamente contaminantes y/o explotan recursos sin control ?. La preocupación por la ecología muchas veces es solo una linda campaña de marketing verde y una forma de encuadrar dentro de una gestión de responsabilidad empresaria políticamente correcta.
12. «Somos una empresa inclusiva y diversa»
Sí, pero cuando le pegás un vistazo a la lista de personal jerárquico, el directorio y o a su estructura gerencial, parece más bien una reunión de ex alumnos de la misma universidad, una familia o un club de amigos. La diversidad suele ser más un eslogan que una realidad palpable.
Así que, si sos directivo, gerente o comunicador, deberías tener mucho cuidado la próxima vez que sientas la tentación de enunciar estos valores con total solemnidad. Porque si bien el auditorio podría comportarse como el Dr. Merengue y aplaudir asintiendo con la cabeza, su «otro yo» también estará ahí, escuchando, tomando nota y esperando el momento justo para hacer notar el contraste entre lo que se dice y lo que efectivamente sucede. Y cuando eso pasa, el daño a la reputación y a la confianza no tiene retorno.
En definitiva, en la gestión empresaria los valores corporativos deberían convertirse en patrones de conducta, pero muchas veces la brecha entre el discurso y la realidad es insalvable. Esa inconsistencia no puede sostenerse eternamente. Tarde o temprano, la verdad se impone. Y como decía Abraham Lincoln, «se puede engañar a algunos todo el tiempo, se puede engañar a todos por un rato, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo».
