El mercado asegurador argentino tiene una historia marcada por sacudones, reformas ambiciosas y retrocesos silenciosos. No es la primera vez que se lo somete a cirugía. En los años 90, el bisturí neoliberal lo tocó de lleno: se desmantelaron monopolios estatales, se privatizaron compañías, se liberalizó la operatoria y se abrió la puerta a capitales internacionales. Fue, para bien o para mal, el laboratorio de una nueva forma de concebir el seguro: más ágil, más privado, más vinculado al mercado de capitales.
Aquella década fue también el auge del seguro previsional privado: con las AFJP en escena, millones de aportantes contrataron seguros de vida e invalidez. Se multiplicaron las aseguradoras, se sofisticaron productos y se amplió el mercado. Pero no todo fue avance: también hubo concentración, pérdida de protección estatal y muchas promesas que no resistieron los vaivenes económicos. A la larga, varias de esas estructuras colapsaron o mutaron bajo nuevas formas.
Hoy, tres décadas después, los ecos de aquella etapa vuelven a escucharse. No con las mismas palabras, pero sí con un espíritu familiar: el de “modernizar” el sistema. Las propuestas que circulan en el presente —impulsadas desde el entorno del presidente Milei y el arquitecto de reformas Sturzenegger— apuntan a desarmar estructuras tradicionales como las Superintendencias, habilitar la venta directa de seguros sin la intermediación obligatoria de productores asesores y fomentar esquemas previsionales privados con una lógica de capitalización individual.
El escenario actual, sin embargo, no es el de los 90. Ni el país es el mismo, ni el mercado asegurador parte desde el mismo lugar. Hoy existen desarrollos tecnológicos que permiten canales directos, consumidores con mayor acceso (y también mayor exposición), necesidades laborales diferentes y una conciencia creciente sobre riesgos globales como el cambio climático o los ciberataques. El contexto internacional también ha evolucionado: las insurtechs ya no son promesas sino realidades, y la competencia no pasa solo por el precio, sino por la experiencia, la flexibilidad y la inteligencia del producto.
En este marco, cabe preguntarse si esta nueva ola de reformas permitirá consolidar un sistema asegurador más inclusivo, competitivo y sostenible, o si volveremos a recorrer los mismos senderos con nombres distintos. Porque más allá de los titulares y las polémicas, lo que realmente necesita el seguro argentino no es solo desregular, sino reimaginarse.
Para que el sector crezca y cumpla el rol que cumple en otras economías —como amortiguador social, como inversor institucional, como instrumento de previsión y desarrollo— no alcanza con ampliar la oferta aseguradora. Es fundamental ensanchar la base de asegurables, achicar la brecha de protección y lograr que el seguro deje de ser un lujo urbano o corporativo para transformarse en una herramienta accesible, cotidiana y confiable para millones de personas.
Eso implica repensar productos, rediseñar canales, trabajar en educación financiera y adoptar tecnologías sin sacrificar cercanía. Pero también significa repensar el modelo de negocio: uno que no se limite a emitir pólizas y cobrar primas, sino que genere valor constante, que acompañe a los clientes en sus decisiones y que actúe como socio estratégico en un mundo más riesgoso, más incierto y más conectado.
En ese camino, Argentina tiene una oportunidad. Pero como todo proceso quirúrgico, será doloroso si no se hace con sensibilidad, inteligencia y visión de largo plazo. Ojalá esta vez no se confunda velocidad con profundidad ni libertad con desprotección. Ojalá esta vez, los seguros también aseguren el futuro.
