En el deporte, como en la empresa, hay funciones que requieren talentos distintos. Brillar con la camiseta puesta no te convierte, automáticamente, en un buen dirigente. Y si no, que lo digan los hinchas de River y Boca, que vieron cómo a dos de sus máximos ídolos —Daniel Passarella y Juan Román Riquelme— no les fué bien cuando les tocó manejar el club desde un escritorio.
Passarella fue campeón del mundo como jugador y DT. Un caudillo. Pero cuando asumió la presidencia de River en 2009, creyó que el coraje y la autoridad alcanzaban para gobernar. Rechazó ofertas millonarias por jugadores mediocres, eligió técnicos por capricho y, sobre todo, no entendió que el fútbol profesional también requiere gestión, números, planificación y algo de humildad. En 2011, bajo su presidencia, River descendió por primera vez en su historia. El ídolo se transformó en símbolo de una catástrofe.
Riquelme, por su parte, construyó su legado con la pelota bajo la suela. Cerebral, frío, líder silencioso. Pero desde que tomó el control futbolístico de Boca y luego la presidencia en 2023, su estilo se volvió más personalista que estratégico. Prometió un estadio nuevo, un fútbol de alto vuelo y recuperar la mística. Hoy, con el equipo fuera de la Libertadores por segundo año consecutivo, once partidos sin ganar y una gestión criticada por falta de transparencia, el panorama es sombrío. El club se desangra en internas, sin rumbo deportivo ni institucional.
Desde la mirada empresarial, el contraste es claro. En la cancha, todo está más ordenado: reglas claras, métricas objetivas, competencia visible. En cambio, la dirigencia exige habilidades invisibles: formar equipos técnicos sólidos, tomar decisiones impopulares, anticiparse, negociar, sostener proyectos más allá de una temporada. No se trata de meter goles o ganar campeonatos, sino de construir instituciones.
Tanto en empresas como en clubes, hay jefes que confunden talento con liderazgo. Gerentes que fueron excelentes técnicos, pero no saben delegar ni crear contexto para que otros brillen. Dirigentes que se rodean de aduladores o ex-compañeros en lugar de expertos. El resultado es el mismo: organizaciones que se estancan o se hunden.
El deporte tiene una ventaja: los resultados son públicos, los errores se ven cada domingo. El partido termina y de cara al próximo hay tiempo de corregir con entrenamiento. En la empresa, el juego es infinito y los fracasos se disfrazan de “contexto” o “mercado”. Pero el aprendizaje es compartido: hay que saber cuándo jugar, cuándo dirigir y cuándo hacerse a un lado.
Passarella y Riquelme son dos caras de una misma moneda. Genios indiscutibles en una cancha, desorientados en el despacho directivo. No por maldad, sino por confusión. Creyeron que la idolatría era un título habilitante. No lo es.
No alcanza con «el aguante» de la barra, ni con la «garra» de los jugadores, ni con la camiseta, ni con la historia, ni con la leyenda. El pasado no te garantiza el presente, ni te lleva al futuro si en la gestión y en la cancha no se juega bien, y para eso hace falta algo más que tener ganas.
Porque en cualquier organización, como en el fútbol, también hay que saber cuándo pasarla, cuándo bancarse los silbidos… y cuándo admitir que el juego cambió y decididamente enfrentamos otro tipo de partido.
