En la Argentina tenemos la mala costumbre de hablar del pasivo como si fuera un estigma, una especie de lepra financiera que marca a fuego a quien lo carga. Se lo demoniza, se lo señala, se lo usa como chivo expiatorio de todos los males. Pero la deuda no es el problema en sí misma. El pasivo, bien entendido, es esencial para cualquier gestión: personal, empresarial o nacional.
El crédito es confianza. No se ve, pero sin ella no se avanza. Un viejo dicho lo resume: “Si tenés dudas sobre tu emprendimiento, buscá socios para compartir pérdidas. Pero si el emprendimiento es bueno, buscá acreedores: se pagará con su propio producido.” Y ahí está el quid: la cuestión no es el pasivo, sino la calidad del activo que financia.
Pensemos en USA de posguerra: el famoso New Deal y luego el plan Marshall en Europa. Todo se financió con pasivo, con deuda gigantesca para los estándares de la época. Y lejos de hundirlos, fue la palanca que permitió reconstruir economías, generar empleo, ampliar mercados y consolidar potencias.
Recordemos el Plan Brady en los 90, fue la llave que permitió a países como México, Brasil o la propia Argentina volver a tener aire financiero tras la asfixia de la deuda latinoamericana de los 80. El mecanismo fue simple: reconocer que no había salida sin acreedores, reestructurar de manera ordenada y volver a crecer.
Incluso en la vida cotidiana de cualquier pyme ocurre lo mismo: la diferencia entre tomar deuda para sostener gastos sin futuro, o endeudarse para comprar maquinaria que multiplique la productividad. En el primer caso, es un salvavidas de plomo; en el segundo, la palanca que permite saltar de escala.
Por eso, el debate argentino sobre la deuda suele ser engañoso. Nos enredamos en la discusión ideológica de si el pasivo es bueno o malo, cuando en realidad deberíamos preguntarnos por la seriedad de los proyectos que lo respaldan. La deuda no es un monstruo: el monstruo es usarla para financiar caprichos, improvisación o clientelismo.
El reciente apoyo del Tesoro de Estados Unidos al gobierno argentino, anunciado por Scott Bessen, no es un acto de beneficencia. No hay filantropía detrás de esos dólares. Es una apuesta geopolítica y financiera: un crédito de respaldo en que, si la Argentina ordena su casa, el proyecto se pagará solo.
Claro que esa confianza no es eterna ni gratuita. La historia también enseña lo contrario: cuando los proyectos fallan, cuando la deuda financia déficit sin rumbo, el pasivo se transforma en horca. Lo vivimos más de una vez. Y ahí sí, los acreedores dejan de ser socios y se vuelven verdugos.
La demonización del pasivo es un error infantil que repetimos como mantra. El pasivo, bien usado, no es pecado: es herramienta. La verdadera pregunta es otra: ¿qué proyectos tenemos para financiar? ¿Hay calidad, previsión, capacidad de ejecución? Porque nadie se salva solo. Ni una persona, ni una empresa, ni un país.
La deuda no mata; lo que mata es la mediocridad.
