Después del triunfo legislativo, el gobierno de Javier Milei entra en una etapa decisiva: convertir las ideas en hechos. En el Congreso ya se discuten reformas impositivas, laborales y previsionales que, si prosperan, pueden marcar el fin de una larga era de parches, remiendos y promesas que nunca se cumplen.
Argentina lleva décadas girando en círculos. Ahora, por primera vez en mucho tiempo, parece abrirse una ventana política para encarar los cambios de fondo. No es una revolución, pero sí la posibilidad concreta de salir del pantano fiscal, del laberinto normativo y del agotamiento previsional que arrastramos hace años.
Reforma impositiva: oxígeno para producir
El sistema tributario argentino es un espantapájaros con cien brazos: grava todo, desalienta casi todo y recauda mal. La propuesta oficial apunta a simplificarlo, eliminar impuestos inútiles y aliviar la carga sobre quienes producen e invierten.
Menos impuestos y reglas claras no significan menos Estado: significan más actividad, más inversión y más trabajo. Un esquema más simple puede lograr algo que en este país parece ciencia ficción: que pagar impuestos no sea un castigo y que evadir no sea un modelo de supervivencia.
Reforma laboral: trabajo sin miedo
Las leyes laborales argentinas fueron pensadas para un país que ya no existe. Hoy casi la mitad de los trabajadores está fuera del sistema formal.
La reforma apunta a facilitar la contratación, reducir la industria del juicio y permitir acuerdos por empresa. No es una guerra contra los derechos: es un intento de que el empleo formal vuelva a ser posible. Una empresa que no teme fundirse por un juicio, contrata. Un trabajador que entra en blanco, progresa. No es más complejo que eso.
Reforma previsional: futuro posible
El sistema jubilatorio está al borde del colapso. Consume casi la mitad del presupuesto nacional y ya no se sostiene. Las reformas en debate apuntan a subir gradualmente la edad jubilatoria, recalibrar los haberes y permitir el ahorro individual para complementar la jubilación estatal.
No son medidas simpáticas. Pero sí necesarias. Ningún país puede pagar buenas jubilaciones si tiene más beneficiarios que aportantes. Garantizar un sistema sostenible es un acto de responsabilidad intergeneracional.
Un nuevo impulso externo: la alianza con EE.UU.
En paralelo, Argentina firmó un acuerdo bilateral de comercio e inversión con Estados Unidos que vuelve a ubicar al país en el radar estratégico de Washington. No es un gesto diplomático menor: significa apertura de mercados, cooperación tecnológica, apoyo político y una señal de confianza internacional justo cuando el país intenta reordenarse.
En un contexto de reformas profundas, tener a la primera potencia del mundo como socio activo no es un detalle: es un refuerzo de credibilidad que Argentina necesita como el aire.
Una oportunidad que no se puede perder
La Argentina ha sido, demasiadas veces, el país de la eterna promesa. Cada tanto asoma una esperanza y, cuando parece posible, la dejamos caer entre discusiones, intereses y mezquindades.
Hoy la ocasión es distinta. Las reformas no son un milagro, pero pueden construir la base de un país normal, donde trabajar, producir y jubilarse no sea un acto heroico. Si esta oportunidad se desperdicia, volveremos al mismo lugar: una economía asfixiada, un Estado insolvente y una sociedad agotada.
Pero si se aprovecha, quizás dentro de unos años podamos decir que aquí empezó algo distinto. Que este fue el momento en que Argentina dejó de ser promesa y empezó, al fin, a cumplir.
La vida me enseñó que el optimismo, por sí solo, no alcanza. Ser optimista es casi un instinto de supervivencia; lo aprendimos todos. Pero la esperanza —la verdadera— aparece solo cuando hay fundamentos. Cuando el rumbo se sostiene. Cuando las decisiones no se desarman al primer viento político.
Ya vivimos algo parecido en los noventa. El arranque fue esperanzador, la estabilidad parecía posible, y una sociedad entera creyó que por fin salíamos adelante. Pero la política —esa vieja especialista en arruinar oportunidades— se encargó de convertir una década de expectativas en una decepción histórica. No porque el rumbo inicial fuera equivocado, sino porque faltaron consistencia, acuerdos y continuidad.
Por eso esta vez no alcanza con optimismo. Esta vez necesitamos esperanza con argumentos. Y si los fundamentos se mantienen, si las reformas se sostienen, si la dirigencia finalmente elige el largo plazo por sobre la mezquindad del día a día, entonces sí: Argentina puede dejar atrás el mito de la eterna promesa y empezar a tomarse en serio su propio futuro.
