La empresa perfecta

La empresa perfecta

El Bar del Bajo no es un bar de moda. Hace más de sesenta años que ocupa la misma esquina, con mesas gastadas, barra firme y ese olor a café fuerte que se te queda en la ropa. No hay música chill ni decoración instagrameable. Solo conversaciones reales.

Lo atiende Gorka, su propio dueño. Hijo de vascos, mozo por oficio y observador por naturaleza. Sirve café, escucha sin interrumpir y entiende más de empresas que muchos ejecutivos que concurren a su establecimiento.

Yo ocupaba mi mesa habitual, desde donde se ve y escucha todo sin tener que opinar, que es una forma bastante honesta de estar. Gorka estaba detrás de la barra como buen propietario y mozo, una combinación que todavía no logró automatizar ningún comité de innovación.

En la mesa del fondo estaban los de siempre.

El CEO, tan cansado de liderar personas como de leer publicaciones futuristas sobre las empresas. El CFO, enamorado de la eficiencia y de cualquier cosa que reduzca fricción humana. El CTO, convencido de que la tecnología no solo resuelve problemas: también evita conversaciones. Y la Líder de RRHH, mujer, mirada atenta, acostumbrada a traducir decisiones que otros toman livianamente.

—Esto ya no tiene discusión —dijo el CTO—. Automatización total. Procesos que se ejecutan solos. Decisiones basadas en datos. Menos intervención humana.

—Menos errores humanos —agregó el CFO—. Y eso es un avance indiscutible.

Gorka apoyó los cafés con precisión quirúrgica.

—Los errores humanos —dijo— también son los únicos que alguna vez arreglaron algo que no estaba previsto.

El CTO sonrió, con ese gesto de quien cree que la nostalgia es una equivocación.

—Eso es romanticismo. La empresa del futuro va a ser más rápida, más barata y más predecible.

—Más predecible para quién —intervino la Líder de RRHH—, porque cuando todo es predecible, alguien ya decidió quién sobra.

El CEO carraspeó.

—No estamos hablando de eliminar personas. Estamos hablando de liberar talento.

La mujer de RRHH apoyó los codos en la mesa.

— ¡¡¡ Qué curioso !!! —dijo—. Siempre que escucho “liberar talento”, mi agenda se llena de conversaciones difíciles.

El CFO fue al hueso, como siempre.

—Las personas son el mayor costo operativo.

—Y también —respondió ella— el mayor portador de sentido. Lo que pasa es que el sentido no entra en tus planillas.

Silencio. De esos que nadie se anima a rellenar con frases hechas.

—Imaginen —retomó el CTO— una empresa sin fricciones humanas. Sin emociones. Sin conflictos. Todo funcionando perfecto.

—Perfecto no es lo mismo que sano —dijo ella—. Y yo después tengo que explicarle a la gente por qué “perfecto” significa que ya no hay lugar para ellos.

Gorka, sin dejar de secar vasos, agregó:

—Los sistemas funcionan bárbaro… hasta que alguien tiene que hacerse cargo de lo que hicieron.

El CEO, ya sin tanto entusiasmo, lanzó la pregunta que flotaba hacía rato:

—¿Ustedes creen que una empresa puede funcionar sin personas?

El CTO no dudó.

—Sin personas físicas, seguro. Algoritmos, supervisión remota, decisiones automáticas.

El CFO asintió.

—Y sin conflictos innecesarios.

La Líder de RRHH lo miró fijo.

—Sin conflictos visibles —corrigió—. Porque después aparecen otros, más caros, más silenciosos y más difíciles de desactivar.

La conversación empezó a apagarse, como pasa siempre cuando las certezas chocan con la realidad.

Yo terminé el café pensando que nadie había hablado realmente de tecnología.

Habían hablado de alivio. Del alivio de no lidiar con personas. De no explicar decisiones. De no hacerse cargo del impacto.

Automatizar procesos no es el problema. Robotizar tareas tampoco.

El problema aparece cuando la empresa se diseña para funcionar tan bien… que ya no sabe qué hacer con las personas.

Ni siquiera con las que todavía están adentro.

Gorka siguió limpiando la barra. El bar seguía lleno. Todavía hacía falta alguien que escuchara, sirviera y entendiera.

Por ahora.


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