Nos encanta hablar de lo que somos. Más aún, de lo que creemos ser. En las empresas, esa distancia entre relato y realidad a veces no se nota… hasta que se empieza a notar demasiado. Y hay investigaciones prestigiosas, con números recientes, que molestan bastante a la autopercepción que tienen como organización. Pero todavía son más incómodas las preguntas que dejan flotando. Porque no se trata de madurez digital, ni de tecnología, ni de Excel, ni siquiera de eficiencia. Se trata de algo bastante más humano… y bastante más peligroso. Te dejo esta reflexión. Después contáme: ¿cuánto de lo que decimos… realmente hacemos?
Mes: marzo 2026
Data o dogma: ¿La tecnología es la nueva religión?
Hay preguntas que molestan porque parecen absurdas… hasta que dejan de serlo. Durante años nos enseñaron que la tecnología venía a reemplazar creencias por evidencia, intuición por datos, fe por precisión. Todo muy prolijo, muy racional, muy siglo XXI. Pero algo raro empezó a pasar en el camino. En muchas organizaciones ya no se discute lo que dicen los sistemas. Se ejecuta. Y entonces aparece una duda fastidiosa —de esas que no conviene plantear en los comités—: ¿en qué momento dejamos de usar la tecnología… para empezar a creer en ella? No es un debate técnico. Es algo más profundo. Tiene que ver con cómo decidimos, con qué cuestionamos… y, sobre todo, con qué estamos dejando de discutir. De eso va esta reflexión. Y no es tan inocente como parece.
Maximizar el mínimo
Hay un momento curioso en la vida de las empresas. No es cuando nacen. Tampoco cuando crecen. Es cuando empiezan a funcionar demasiado bien. En ese punto el desafío deja de ser inventar el negocio. Tampoco se trata solo de hacerlo crecer. El problema pasa a ser otro, mucho más complejo: cómo administrar el éxito sin quedar atrapado en él. Hace poco una reflexión de Marcos Galperin sobre el futuro de Mercado Libre me dejó pensando en una expresión tan simple como inquietante: maximizar el mínimo. Detrás de esa frase hay una idea interesante sobre las etapas de las organizaciones… y sobre los riesgos que aparecen justamente cuando todo parece ir bien. De eso trata esta reflexión.
Ser CEO en la era de la IA
Hoy sobran los debates sobre el futuro del trabajo… siempre mirando hacia abajo del organigrama. Automatización, reconversión, nuevas habilidades. Ahora bien: ¿qué pasa con el trabajo del CEO cuando la organización también empieza a pensar sin él? La IA no solo cambia tareas. Cambia el lugar donde habita la inteligencia dentro de la empresa. Y cuando cambia eso… cambia el liderazgo. En este artículo intento un ejercicio simple: imaginar el rol directivo en un mundo donde decidir deja de ser escaso y lo verdaderamente crítico pasa a ser definir qué merece ser decidido. Sin pretender anticipar la historia: tal vez dirigir ya no sea tomar decisiones… sino diseñar cómo se toman. Si te interesa pensar qué queda del liderazgo cuando todos —humanos y algoritmos— pueden tener razón al mismo tiempo, te invito a leerlo.



