Hay algo fascinante en las empresas modernas: su capacidad para narrarse a sí mismas.
Uno entra a cualquier presentación corporativa y parece que está frente a una mezcla de Silicon Valley con Harvard. Todo es “transformación”, “data driven”, “agilidad”, “eficiencia operativa”. Palabras grandes, bien dichas, con gráficos prolijos y colores sobrios.
Después cuando uno baja al barro, aparece la otra empresa.
Porque mientras el relato habla de inteligencia artificial, la operación sigue dependiendo de una planilla que si se rompe, paraliza medio negocio. No es una metáfora, es dato: 3 de cada 10 empresas todavía planifican con Excel y menos del 5% alcanzó un nivel real de madurez digital.
Pero lo más interesante no es eso. Lo verdaderamente revelador es que más de la mitad cree que está en niveles “altos” de excelencia operativa.
Ahí está el punto. No es un problema de tecnología. Es un problema de autopercepción.
Y esto no es una opinión al aire. Según el último informe del Observatorio de Excelencia Operacional de la Universidad Austral, Argentina , las empresas argentinas viven una dualidad incómoda: una ambición estratégica elevada… con una ejecución todavía anclada en prácticas manuales y tradicionales. (infobae)
Traducido al criollo: decimos que somos otra cosa de lo que realmente hacemos.
Una especie de “espejo corporativo” que como en el cuento de Blancanieves le devolvía a su madrastra una imagen mejorada, casi épica, de lo que creía ser.
Y mientras tanto, la realidad —esa que se enoja mucho con aquellos que no la reconocen— empieza a pasar factura.
Porque del otro lado aparece otro dato durísimo: no hay plata… y la eficiencia todavía no llega.
El mismo informe lo plantea sin eufemismos: hay intención de mejorar, pero falta disciplina operativa, cultura de mejora continua y liderazgo para convertir esa intención en resultados. (El Cronista)
Entonces se cae en algo curioso. Se habla de eficiencia… sin tocar procesos. Se habla de transformación… sin cambiar hábitos. Se habla de tecnología… sin invertir en cultura. Se habla de cambio…desde las tradiciones.
Y así, la brecha crece. No entre empresas grandes y chicas. No entre sectores. Sino entre lo que decimos en el relato… y lo que hacemos en la realidad.
Porque el problema jamás fue el Excel. El Excel es apenas el síntoma. El problema es cuando la empresa cree que ya cambió… y en realidad sigue funcionando igual que hace diez años, pero con palabras más cuidadas.
Y ahí es donde se vuelve peligroso. Porque una empresa que sabe que está atrasada, puede reaccionar. Pero una que cree que ya llegó… se queda quieta.
Y en este contexto, quedarse quieto no es conservador. Es autoatentatorio.
El punto o la cuestión no pasa por cuánta tecnología tiene tu empresa. Y ni siquiera por cuánta eficiencia declama.
La pregunta ya no es técnica, sino brutalmente honesta:
¿Tu empresa se mira realmente en el espejo… o ya está demasiado convencida de su propio relato como para querer verse de verdad?
