Hay una escena que se repite con bastante frecuencia en las organizaciones.
Alguien recibe un ascenso, asume una posición de liderazgo, llega a un directorio, a una gerencia general, a una presidencia o a una función pública relevante. Al principio mantiene cierta prudencia. Sabe que acaba de acceder a un espacio de poder que otros ocuparon antes y que otros ocuparán después.
Pero el poder tiene una particularidad: modifica la forma en que los demás nos miran. Y cuando esa mirada se prolonga en el tiempo, también puede modificar la forma en que nos vemos a nosotros mismos.
De pronto, las opiniones adquieren más peso. Los teléfonos responden más rápido. Las invitaciones se multiplican. Los desacuerdos se vuelven menos frecuentes. Las personas escuchan con atención ideas que antes habrían pasado inadvertidas.
Y allí aparece una de las trampas más antiguas del liderazgo.
Creer que todo eso sucede por uno mismo.
Confundir el respeto hacia el cargo con el respeto hacia la persona. Confundir la autoridad delegada con la autoridad conquistada. Confundir la visibilidad circunstancial con el valor permanente.
La historia empresarial, política y social está llena de ejemplos. Personas brillantes que, poco a poco, dejaron de rodearse de quienes las desafiaban para quedarse únicamente con quienes las confirmaban. Líderes que comenzaron a interpretar cada aplauso como una validación personal y cada crítica como una ofensa.
Lo curioso es que la realidad siempre termina llegando.
A veces en forma de retiro. Otras mediante una reorganización, una elección, una venta, una fusión o simplemente el paso del tiempo. Porque, por importante que parezca una posición, ninguna es eterna.
Y cuando el cargo desaparece, aparece una verdad en la mayoría de los casos difícil de asimilar.
¿Qué queda cuando se van los privilegios asociados al poder?
¿Qué relaciones sobreviven cuando ya no se tiene capacidad de decisión?
¿Quiénes siguen llamando cuando ya no hay nada que autorizar, firmar o conceder?
¿Cuántos quedan de aquellos “amigos del campeón”?
Son preguntas molestas, pero profundamente reveladoras.
Los mejores líderes que conocí parecían entender algo que otros olvidaban. Sabían que estaban administrando una responsabilidad, no acumulando un patrimonio. Consideraban el poder como una herramienta de servicio y no como una extensión de su identidad. Nunca dejaron que el cargo ocupara el lugar de la persona.
Tal vez por eso lograron algo mucho más difícil que alcanzar posiciones de relevancia: conservar la lucidez mientras las ocupaban y trascender a la circunstancial “jerarquía” que desempeñaban en una empresa.
Porque el poder, en definitiva, es transitorio. Nos acompaña durante un tramo del camino y luego sigue viaje con otros protagonistas.
Conviene recordarlo de vez en cuando.
Sobre todo cuando los aplausos son abundantes, las agendas están llenas de compromisos y la sensación de importancia parece indiscutible.
Porque al final de la función, cuando se baja el telón en el teatro corporativo, te das cuenta que la escenografía era de cartón y el vestuario hay que devolverlo.
