Cada 20 de junio recordamos a Manuel Belgrano y la creación de la bandera. Una fecha que invita a pensar mucho más que en un símbolo patrio. Invita a preguntarnos qué cosas seguimos teniendo en común como sociedad.
La pregunta viene a cuento de una discusión tan contemporánea como desconcertante: la aparición de sectores que parecen más preocupados por cuestionar a Messi o a la Selección Argentina que por reconocer uno de los pocos éxitos colectivos indiscutibles que el país produjo en los últimos años.
No se trata de fútbol.
Se trata de algo bastante más profundo.
Porque la bandera que creó Belgrano no nació para representar a una facción, un partido o una tribu ideológica. Nació para darle identidad común a personas que pensaban distinto, vivían distinto y hasta defendían intereses diferentes.
Lo mismo ocurrió con José de San Martín. Difícil encontrar una figura más alejada de la lógica de la grieta. Mientras otros discutían protagonismos, construyó una causa que estaba por encima de las diferencias personales.
Y algunas décadas después, Domingo Faustino Sarmiento entendió que la educación era precisamente el instrumento para formar ciudadanos capaces de convivir con ideas distintas sin convertir cada desacuerdo en una batalla permanente.
Sin embargo, dos siglos después, seguimos mostrando una curiosa dificultad para reconocernos en aquello que hacemos juntos.
Quizás porque la Argentina tiene una relación particular con el éxito colectivo.
Nos gustan los héroes individuales. Admiramos al que se salva solo, al que encuentra el atajo, al que desafía las reglas y logra destacarse por encima del resto. En cambio, nos cuesta mucho más valorar las construcciones compartidas, los procesos largos y los logros donde nadie puede atribuirse el mérito completo.
Por eso la Selección resulta tan interesante como fenómeno social.
No fue solamente el triunfo de Messi.
Fue el resultado de un grupo de jugadores, un cuerpo técnico y una conducción que durante años pusieron al equipo por encima de los egos. Un proyecto que atravesó derrotas, críticas y frustraciones antes de alcanzar el éxito.
En otras palabras, fue uno de los pocos éxitos colectivos capaces de generar consenso en una sociedad acostumbrada a fragmentarse.
Y quizás por eso mismo incomoda a algunos.
Porque los éxitos colectivos tienen una característica particular: nos obligan a reconocer que nadie llega solo. Nos recuerdan que la cooperación existe, que las instituciones importan, que los liderazgos compartidos funcionan y que los resultados extraordinarios suelen ser consecuencia de esfuerzos que trascienden a las individualidades.
Tal vez por eso resulte tan extraño observar intentos de trasladar la grieta al único espacio donde millones de argentinos lograron sentirse parte de algo común.
No porque todos debamos pensar igual.
Todo lo contrario.
Una sociedad madura se construye sobre la diversidad de opiniones. Pero existe una diferencia enorme entre disentir y perder la capacidad de celebrar aquello que nos une.
Belgrano murió prácticamente en el olvido. San Martín terminó sus días lejos de la Argentina. Sarmiento fue discutido durante gran parte de su vida pública. Ninguno escapó a las críticas. Pero los tres entendieron algo que parece costarnos cada vez más: hay causas que son más importantes que nosotros mismos.
La bandera es una de ellas.
La Selección, salvando todas las distancias históricas, también funciona como un recordatorio de ese principio.
Porque durante noventa minutos desaparecen profesiones, ideologías, edades y diferencias sociales. No dejamos de ser distintos. Simplemente recordamos que también formamos parte de algo más grande.
Tal vez el legado más profundo de Belgrano no sea la bandera de tela que vemos flamear cada 20 de junio.
Tal vez sea la invitación permanente a construir un «nosotros».
Porque si algo parece haber acompañado buena parte de nuestra historia es la dificultad para reconocernos como parte de un proyecto común. Nos resulta más sencillo admirar individualidades que sostener causas colectivas; más fácil señalar diferencias que encontrar coincidencias.
Y sin embargo, cada tanto aparecen ejemplos que nos recuerdan que cuando los argentinos trabajamos detrás de un objetivo compartido somos capaces de lograr cosas extraordinarias.
La Selección es uno de ellos.
Ojalá que el verdadero homenaje a Belgrano, a San Martín y a Sarmiento no sea solamente recordar sus nombres una vez al año.
Ojalá podamos aprender de aquello que intentaron construir.
Porque quizás el mayor desafío que seguimos teniendo como país no sea económico, político ni tecnológico.
Quizás sea, simplemente, aprender a ser nosotros.
