Entre el plan y el resultado

Entre el plan y el resultado

Las ideas pueden ser brillantes, los métodos rigurosos y las charlas inspiradoras. Pero cuando llega la hora de ejecutar, la verdad es más simple y más cruel: alguien tiene que meterla y alguien tiene que evitar que entre.

El fracaso de Bielsa con Uruguay en este Mundial deja una enseñanza que va bastante más allá del fútbol. Sirve, sobre todo, para pensar a esas instituciones que creen que con un estratega brillante, un plan transformador y una retórica convincente ya tienen medio partido ganado.

Y no.

No alcanza con la idea. No alcanza con el método. No alcanza con el discurso.

Se puede tener un entrenador obsesivo, un modelo de juego ambicioso, una preparación física de excelencia, un trabajo emocional intenso y una narrativa casi mística sobre la transformación. Se puede llenar la semana de análisis, de conceptos, de entrenamientos, de correcciones y de arengas. Pero después llega el partido. Y ahí ya no juegan las convicciones ni las exposiciones de PowerPoint.

Ahí alguien tiene que embocarla.

Y alguien tiene que evitar que una pelota inofensiva termine adentro del propio arco.

En ese punto se termina la poesía y empieza la verdad.

Bielsa está loco de remate. No es ninguna novedad. Su locura, para bien y para mal, consiste en querer transformar el juego, empujarlo más allá de sus límites, exigirle a los jugadores una intensidad y una fidelidad casi religiosa a una idea. Esa misma locura que a veces produce equipos inolvidables, otras veces produce choques inevitables con la realidad.

Pero del otro lado también había una forma de delirio.

Porque buena parte del plantel y de su entorno, por distintos motivos, reclamaba volver a una “nuestra” que probablemente ya no exista. Una “nuestra” hecha de memoria, de identidad, de garra, de un modo de competir que tranquiliza porque es conocido, aunque ya no siempre sirva. Como les pasa a tantas organizaciones, cuando el cambio incomoda aparece la tentación de refugiarse en el pasado y llamarlo esencia.

Y entre esos dos delirios se tejió este fracaso.

El del técnico que quiso imponer una idea sin atenuantes. Y el de quienes, en vez de apropiarse del cambio o discutirlo desde la ejecución, parecían pedir el regreso a una identidad que acaso ya sólo vive en el recuerdo.

En las empresas pasa todo el tiempo.

Se contratan estrategas, consultores, transformadores seriales. Se rediseñan procesos, se redefinen culturas, se lanzan planes de cambio, se multiplican las reuniones motivacionales y los talleres de alineamiento. Todo suena bien. Todo parece sensato. Todo luce moderno.

Hasta que llega la hora de los ejecutantes.

Ahí se ve si había un equipo en condiciones de llevar la idea al resultado o apenas una organización fascinada por su propio relato. Porque si los que tienen que resolver fallan, si los que deben convertir no convierten, si los que deben cuidar el arco ayudan a que la pelota entre, el edificio completo se viene abajo.

No hay estrategia que resista una mala ejecución.

No hay transformación que sobreviva a la falta de eficacia.

No hay charla motivacional que compense una decisión mal tomada en el momento decisivo.

La lección, entonces, no es que no hagan falta estrategas. Hacen falta, y mucho. La lección es otra: ninguna institución se salva sólo con ideas. Entre el plan y el resultado hay un territorio incómodo, áspero, decisivo, donde se juega todo. Y ese territorio se llama ejecución.

Al final, en el fútbol como en la vida de las organizaciones, el tablero podrá ser brillante, el libreto podrá conmover y el plan podrá parecer impecable.

Pero cuando llega la hora de la verdad, siempre volvemos al mismo lugar:

Hay que meterla.

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