Últimamente ocupan mi atención los posteos relacionados con la salida de los colaboradores de las empresas. Me interesan sobremanera, porque más allá de la corrección política que se advierte en casi todos los textos, es posible bucear entre líneas, y en muchos casos, encontrar un mensaje encriptado sobre los reales motivos.
Con certeza algún día deberás dejar tu empresa, y hay que saber irse, aunque eso es una virtud que no todo el mundo posee.
Muchas son las causas que indican cuándo llegó la hora de hacer las valijas para emigrar de una organización.
Más allá de las obvias razones legales como despidos o jubilación, lo que impulsa el cambio, algunos lo sintetizan como el momento aquel en que cada vez cuesta más levantarse para llegar al trabajo, o cuando el tránsito hacia la empresa se hace demasiado largo, y existen excesos de pensamientos en relación a los conflictos que se generan en ese entorno.
Otros refieren a propósitos, motivación, burnout, aburrimiento, ambiente tóxico, falta de proyección laboral, pérdida de tiempo, jefes mediocres, directivos incompetentes, desequilibrio con la vida personal y familiar, nuevos entornos, ciclos cumplidos, nuevos desafíos y siguen las firmas.
Pero en realidad cada uno conoce su o sus propias justificaciones, cada quién tiene el sentimiento de que ese día ha llegado, en su absoluta soledad o compartido con su entorno más íntimo y sus temores, muchas veces con la razón jugando como aliada y otras veces no tanto.
Y si bien no es tan difícil determinar lo qué hay que hacer, resulta un poco más complicado el cuándo hay que hacerlo, pero por sobre todo, lo más complejo está en cómo hacerlo, cualquiera sea la posición que ocupes en el organigrama.
Tus emociones seguramente influirán en tus reacciones, así que habrá que controlar cualquier sentimiento equivocado de culpa.
Hay que tratar de ver la transición como un paso natural en tu progresión profesional. Estás creciendo, no te estás rescatando.
Serán necesarias largas conversaciones con el ego. Si bien eres importante para la compañía, no sos imprescindible, y no todo se desmoronará sin vos. Es posible que el equipo experimente algunos contratiempos temporales, pero probablemente no sean terminales ni catastróficos. Además, la salida podría abrir una oportunidad para que alguien más asuma tu rol y brille.
Es imprescindible realizar a modo de balance, el análisis objetivo de nuestra capacidad para sostener los compromisos que hemos tomado con nosotros mismos. Aquello de ser cohererentes entre pensamiento, palabra y obra. Esto no es otra cosa que respetarse a uno mismo, siendo una parte fundamental de la ética del carácter y la esencia del desarrollo proactivo.
El ciclo de vida de las organizaciones tiene íntima relación con el tipo de funcionarios que las conducen, y he sido testigo en innumerables oportunidades de asincronías, en el intento de asociar las parábolas de desarrollo profesional de un colaborador con la de la madurez de la cultura organizacional para contenerlo.
También hay que decir que no todos transitan sinceramente por ese proceso de chequeo de integridad, que no sería otra cosa que tratar de respetar el valor que nos auto asignamos. Lamentablemente pude advertir con los años, y sobre todo en quienes ocupan posiciones en lo más alto de la pirámide, que la autopercepción de imprescindibilidad aumenta en proporción directa a la velocidad en que se les acerca la fecha del retiro, mientras probablemente su obsolescencia haya operado bastante antes.
Tratar de dejar una empresa mejor que lo que la encontraste debiera ser un suficiente desafío de cualquier miembro de una entidad, independientemente del lugar en que te desempeñes. Hay que saber irse, permanecer por el solo hecho de hacerlo, carece de sentido. La antigüedad en un puesto aunque se remunere, no necesariamente agrega valor, aunque muchas tradiciones empresariales parecieran considerarlas sinónimos.
