Los inmortales

Los inmortales

Para la presidencia, para la gobernación, para las intendencias, para el sindicato, para la banca en el Congreso. Llegar al poder y pretender perpetuarse en él son casi los únicos conceptos en que parecieran coincidir la mayoría de los políticos argentinos y de algunas otras partes del mundo.

Este síndrome de la inmortalidad dirigencial no escapa a las empresas donde los largos años de estadía por parte de un funcionario o un dirigente en una organización, si bien podrían ser sujeto de valoraciones buenas, regulares y/o malas, lo que siempre tienen son consecuencias.

Traje y sillón prestados

La vida empresarial, nos dice Andrés Hatum, no deja de ser una teatralización de funciones, jerarquías y cargos, solo que a algunos se los «come el personaje», y el correr de los años les impide transitar sinceramente por ese necesario proceso de chequeo periódico de integridad, que no sería otra cosa que tratar de respetar el valor y la función que le han asignado en su participación en la obra. Nunca terminan de comprender que para que el show deba continuar, cada tanto es inevitable un cambio de elenco que incluye no solo a los actores de reparto, sino también a los principales.

Por un lado, períodos relativamente amplios, siempre que se hayan hecho medianamente bien las cosas, otorgan credibilidad y fiabilidad al ejecutivo o directivo, porque muestran que no es un mercenario inestable que va saltando de proyecto en proyecto. Pero por otro lado hay que tener cuidado con ellos, ya que también puede significar que se han aferrado a un sillón y un traje que pretenden como propios, cuando en realidad se los han confiado en custodia.

La permanencia excesiva tiene derivados para las organizaciones de todo tipo, ya que podría llegarse a un modelo de gestión muy personalista, muy enfocado al líder, en el que este crea sistemas de protección perjudicando no solo el control de la empresa sino también la posibilidad de su mejor administración.

Hoy las empresas buscan perfiles retadores, transgresores, que tengan inquietud, y cuando se lleva mucho tiempo en la misma compañía, la zona de confort opera como un somnífero que hace perder el interés por la inquietud o la curiosidad de experimentar la riqueza que otros entornos podrían presentar, a riesgo de chocar con la oferta de siempre, contra una realidad que demanda soluciones distintas.

El teorema de la imprescindibilidad

Hay fórmulas que no fallan a la hora de determinar el tiempo adecuado de desempeño en un cargo o función empresarial: cuando uno personalmente piensa que lleva bastante tiempo, es que lleva demasiado. Y cuando otros piensan que lleva mucho tiempo, seguramente es que es verdad.

Existe además una gran deuda por parte de los procesos de selección de talentos donde no se suelen tener presentes ni en cuenta los ciclos temporales que podrían conformar la trayectoria del candidato dentro de una organización. 

“Creemos que el tiempo óptimo está en torno a los cinco y siete años. Es el necesario para que un directivo adquiera soltura y agilidad y no se aferre al cargo”, sostiene Antonio García, socio director general de Ackermann Middle Management, firma española de búsqueda y selección de altos directivos, agregando en el mismo sentido : “En empresas transgresoras, cambiantes e innovadoras, como las que operan en sectores tecnológicos o digitales, una estancia superior a los siete u ocho años se puede llegar a justificar sin problema, porque pueden surgir nuevos retos, proyectos e iniciativas que inviten al directivo a quedarse. El caso contrario, se encuentra en las organizaciones más tradicionales y estáticas. La novedad en esas es mucho menor, y más de cinco o siete años pueden estar mal vistos”.

No obstante ello es lamentable advertir frecuentemente, y sobre todo en quienes ocupan posiciones en lo más alto de la pirámide, ratificar el teorema donde se concluye que la autopercepción de imprescindibilidad aumenta en proporción directa a la velocidad en que se les acerca la fecha del retiro o finalización del mandato, cuando probablemente el término de su vigencia o directamente su obsolescencia haya operado bastante antes.

Algunos consultores y expertos en el cambio cultural de las empresas lo dan a conocer como la gran broma de «el principio de Peter» ya que mientras una persona es cada año más incompetente en su cargo o función, ella misma se ve cada año como más competente, y con una conciencia obsecuente que le permite dormir tranquilo, porque se ha encargado previamente de convencerlo que se encuentra en su mejor momento.

Organizaciones infinitas & directivos finitos

Hay varias versiones sobre el origen de la frase «memento mori», pero la que más viene al caso es la que sostiene que los emperadores romanos tenían un esclavo dedicado a mencionársela cada día, y no era otra cosa que una expresión en latín que les recordaba que no eran inmortales, de modo que no olvidaran la inexorabilidad del cumplimiento de los ciclos.

Bastante antes que los romanos y seguramente influenciando a aquellos, los estoicos en la antigua Grecia crearon un movimiento filosófico para los cuales la vida es un proyecto en desarrollo, y los cambios por cumplimiento de etapas (en última instancia la muerte) son su meta lógica y natural, no son nada especial y por lo tanto no son algo que debamos temer. 

Los estoicos plantean un equilibrio entre dos actitudes opuestas a las que generalmente se encuentra expuesto el ser humano. Por un lado no fantasear sobre una inmortalidad de la que no existen evidencias, ni razones (por el momento) para creer en ella, pero tampoco el desprecio -o peor aún el rechazo – del tema del cumplimiento de las distintas etapas de vida que tienen como último eslabón a la muerte.

Los ciclos de desarrollo de las organizaciones tienen íntima relación con los ciclos de vida de las personas que las conducen circunstancialmente, pero jamás debe olvidarse que mientras las entidades nacieron para jugar un juego infinito con horizontes atemporales, sus dirigentes o funcionarios, son finitos, temporales y prescindibles por naturaleza, así que las únicas en ese combo que pueden permitirse pensar en la perpetuidad son las empresas, porque precisamente su misión es trascendente, y tal vez desde ese colectivo puedan aspirar a la inmortalidad. 

En consecuencia estaríamos en condiciones de afirmar que la inmortalidad de cualquier otro tipo como bien afirman los estoicos, por ahora es una ilusión, y solo podría apreciarse en la ficción, como por ejemplo esa memorable película que lleva el título y la imagen de este artículo, donde los personajes constituían una raza con poderes especiales cuyo destino era combatir en duelos entre ellos, a riesgo de culminar su ciclo vital solo si eran decapitados por un par, pero como advierten al final, cualquier similitud con alguna realidad conocida, es solo pura coincidencia. 

O sea, los inmortales no existen en la vida real y por lo tanto tampoco en la empresarial, pero -como las brujas- que los hay, los hay. 😜

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