Otra vez en Argentina nos encontramos en tiempos electorales, primero con las internas abiertas obligatorias y luego con las generales. Y es imposible evitar la oferta de candidatos que tratan de ganar la batalla de la atención por distintas vías para lograr nuestro voto.
Horas de presencia televisiva, cartelería, redes sociales, periódicos y revistas, se llenan de promesas de solución a muchos de los problemas que tal vez la misma política ha creado, y que por su acción u omisión hace años continùan sin resolverse. Me confieso bastante escéptico respecto a como con las mismas propuestas y metodologías de siempre – y muchas veces hasta con las mismas caras – van a encontrar una solución diferente a los fracasos obtenidos hasta ahora, que logre mejorar en todo o en parte esta triste y dura actualidad que nos despierta cada día.
El fin de la verticalidad
La «política» en general y la mayoría de sus líderes, parecieran no haberse dado cuenta de que algunas cosas han cambiado en la sociedad que les toca o les tocará gobernar.
Los candidatos a jugar el juego de la política creen que, si toman el poder, podrán imponer su voluntad sin tener en cuenta el entorno, las intrincadas redes de instituciones y de intereses que existen, y sobre todo, la voluntad de la gente contemporánea, que no solo no es sumisa sino que se siente cada vez menos representada por ellos.
Todos los políticos – inclusive los que están al frente de la gestión – dicen saber lo que hay que hacer para cambiar esta circunstancia que no nos gusta, nos incomoda, nos perjudica y nos desesperanza, pero la realidad, que suele enojarse mucho con quien no la reconoce, no para de cachetearlos una y otra vez.
En la sociedad de internet los líderes no son dioses. El poder está en las personas comunes que se organizan a través de las redes, se movilizan y quieren imponer sus puntos de vista.
Uno de los desafíos más grandes que se presentan para gobernar democracias contemporáneas es que sus ciudadanos no solo están informados, sino convencidos que saben todo, y quieren opinar sobre ello. La mayoría tiene opiniones efímeras que cambian en semanas o meses. La gente siente que tiene todos los derechos y no quiere sacrificarse en nada.
Las personas quieren vivir intensamente el presente, sin que le importen demasiado las visiones globales de la política. Lo que les importa son las utopías de su metro cuadrado, ni siquiera les interesan los proyectos políticos y económicos de mediano o largo plazo.
Se desvaneció el sentido vertical de la autoridad, cualquiera que consulta Google o el Chat GPT siente que puede discutir economía, finanzas o salud con el ministro respectivo. Estas actitudes están en la nueva sociedad, las investigaciones y estudios acerca del comportamiento humano lo confirman.
Sociedad de redes de conocimiento
Se eligen los gobiernos, no los pueblos. Esta evidencia no resulta tan clara para “la política” en la práctica, pues con frecuencia se gobierna lamentando tener enfrente un soberano poco comprensible con la dificultad de la tarea. Bertolt Brecht parodió esta circunstancia en la figura de un gobierno que, decepcionado por el pueblo que le había tocado en suerte, deliberaba sobre la posibilidad de disolverlo y elegir uno nuevo.
El designio inevitable de quien tiene poder es considerar que debe cumplir su misión a pesar de la sociedad que tiene delante. La sociedad vendría a ser un huésped no invitado, un extraño incómodo, ajeno a las responsabilidades que lleva consigo el hecho de gobernar. Lo que irrita al poder es el desinterés de los gobernados, la complejidad de la sociedad, su escasa docilidad a los imperativos de la planificación, su caprichosa imprevisibilidad y, en el peor de los casos, una sospechosa proclividad a organizarse por sí misma.
Si de algo está necesitada la política es de un mayor conocimiento de la complejidad en que se ve obligada a actuar en el momento presente. Pero la falta de modestia ante los límites de su competencia es algo que caracteriza a la política en su conjunto. A nadie se le escapa que el Estado moderno se ve enfrentado a problemas que, en su actual configuración, no puede ni resolver ni disolver. Por eso es previsible que la política, en su forma actual, fracasará ante la ingobernabilidad de la sociedad del conocimiento.
Los actores políticos mantienen por lo general un doctrinarismo incorregible y se aferran a la vieja fe en la competencia universal de la política, lo que va unido a muchos privilegios, entre ellos el de no verse afectados por las perplejidades y la inseguridad que asaltan al resto de los mortales.
La política no parece demasiado preocupada por el papel que le pueda corresponder tras las actuales transformaciones. Parecería faltarle esa presión que el curso de los acontecimientos ejerce, por ejemplo, sobre las empresas de la economía y que moviliza los resortes para su supervivencia.
La política y sus instituciones escuchan con demasiada tranquilidad los malos presagios acerca de su futuro como si disfrutaran de una inmunidad teórica y práctica. Pero es inminente su expulsión de ese paraíso.
El nuevo rol de la política
Lo que se está terminando no es la política sino una determinada forma de hacer política.
Hoy nos encontramos precisamente ante un agotamiento de la jerarquía como principio ordenador de las sociedades. Las sociedades en la actualidad funcionan en base a diversas esferas culturales -la política, el derecho, la economía, el arte, la religión, la ciencia …- que siguen una lógica autónoma y son celosas ante cualquier intromisión, relacionándose sin que ninguna de ellas se entienda como más importante que las otras. Son, en sentido estricto, sociedades sin vértice ni centro. Sus relaciones de interdependencia ya no son jerárquicas sino que están estructuradas en forma de red.
La transformación de la política ante ese nuevo escenario social, exigiría entonces de mínima un repliegue de los lugares en que se ha enquistado como un parásito. Hay un montón de tareas en distintos sectores de la sociedad en las que la única aportación de la política es su incompetencia sistemática.
La política como una esfera especial o jerárquica de la sociedad es algo que pertenece al pasado. Sólo le queda la función de ser un «primus inter pares», un facilitador entre los ámbitos o sistemas funcionales que integran la sociedad.
Conviene señalar que esta transformación no es tan sorprendente o singular. Encuentra su paralelo, por ejemplo, en la reestructuración que las grandes empresas se han visto obligadas a emprender bajo la influencia de la globalización, la competitividad o la pandemia.
Probablemente nadie sabe bien todavía que formato presentará la nueva política, y qué tipo de orden le corresponderá en este nuevo modelo de sociedad, pero la transformación exigida es tan impostergable como urgente porque de lo que se trata es de pensar en un sistema de gobernanza capaz de lograr que el objetivo del bien común suceda, teniendo en cuenta que su definición no está únicamente en poder de la política sino que debe ser concertado entre todos los sistemas sociales operantes en la red cultural de una sociedad.
