Durante años, el plan estratégico fue el tótem sagrado de toda organización seria. Sesiones larguísimas, powerpoints interminables, matrices, objetivos a cinco años, indicadores por todos lados. Todo prolijamente armado para dejar bien tranquilo al directorio y darle a los equipos algo a lo que aferrarse.
Pero seamos honestos: ¿cuántos de esos planes sobrevivieron intactos más de seis meses? ¿Cuántos no terminaron acumulando polvo en un cajón o, en el mejor de los casos, en una carpeta olvidada de Google Drive?
Y si querés ejemplos concretos: ¿en qué plan estaba la pandemia? ¿Quién tenía previsto, en su hoja de ruta 2020-2025, un mundo detenido, cadenas de suministro colapsadas, trabajo remoto forzado y cambios de hábito globales en cuestión de semanas?
O más cerca en el tiempo: ¿dónde estaba prevista la guerra comercial entre EE.UU. y China, que empieza a reescribir las condiciones de los negocios globales? ¿Quién había proyectado que en pleno 2025 habría que redibujar cadenas productivas enteras por razones políticas, no económicas?
¿Y qué decir de lo que vivimos acá en Argentina? ¿Quién había planificado una baja abrupta del dólar paralelo después de años de inercia inflacionaria, con tasas de interés reales negativas y un reacomodamiento del índice de precios al consumidor en tiempo récord? En los últimos 15 meses, cualquier Excel se volvió obsoleto antes de terminar de cargar la última fila.
Ni hablar de la inteligencia artificial, que se nos metió por la ventana y ya está reconfigurando industrias, empleos, decisiones y modelos de negocio antes de que muchas organizaciones logren siquiera entender de qué se trata.
La conclusión es incómoda, pero clara desde mi punto de vista: el plan como lo conocíamos está muerto. La idea de que se puede diseñar un futuro en detalle, en un entorno que cambia cada semana, es un lujo que ya no nos podemos permitir.
Eso no significa que debamos andar a la deriva. Al contrario: ahora más que nunca necesitamos dirección, criterio, propósito. Pero también necesitamos algo que el viejo plan raramente ofrecía: flexibilidad, rapidez de respuesta, capacidad de aprendizaje.
La estrategia no es un documento. Es una práctica. No se trata de llenar casilleros una vez cada tres años, sino de pensar activamente, probar, ajustar y decidir todo el tiempo. No es un archivo en pdf: es una conversación viva, incómoda, necesaria.
La estrategia, en este contexto, se parece más a un camaleón que a una brújula. No se trata solo de tener norte, sino de poder cambiar de color según el terreno, sin perder el instinto de supervivencia. El camaleón no improvisa: observa, interpreta y actúa. Lo mismo deberían hacer las organizaciones que entienden que adaptarse no es rendirse, sino sobrevivir con inteligencia.
Hoy, las organizaciones que se mantienen vigentes, y sobre todo, las que prosperan, son las que tienen dirección clara, pero también cintura. Las que escuchan, aprenden, se animan a cambiar de rumbo sin miedo al qué dirán. Las que entienden que la estrategia no se imprime: se entrena.
Entonces, ¿qué hacemos con el plan? Tal vez haya que cambiar la pregunta. Ya no se trata de si tenemos un plan estratégico, sino de si tenemos estrategas de verdad. Personas que no necesitan que todo esté escrito para actuar con sentido común. Que saben leer el contexto, tomar decisiones difíciles y moverse con propósito en medio del ruido.
Porque en este juego, los que ganan no son los que planifican mejor. Son los que aprenden más rápido y reaccionan mejor.
Y vos, en tu organización… ¿seguís persiguiendo el plan o estás construyendo estrategia de verdad?
