Bancos & Seguros: dos negocios, un mismo barro

Bancos & Seguros: dos negocios, un mismo barro

Unos aprendieron a jugarlo. Otros lo padecieron.

Durante los últimos años, bancos y aseguradoras caminaron por el mismo barro argentino: inflación, tasas desmesuradas, controles, cepos, regulaciones cambiantes, caída del crédito, pérdida de moneda, desconfianza y un Estado que, por necesidad o voracidad, absorbió buena parte del ahorro disponible.

El entorno fue el mismo. Pero los resultados no necesariamente lo fueron. Y ahí aparece una primera conclusión: no alcanza con decir que ambos pertenecen al sistema financiero. Pertenecen al mismo barrio, sí, pero no viven en la misma cuadra.

Los bancos y las aseguradoras administran dinero de terceros, conviven con reguladores y están expuestos al riesgo macroeconómico. Pero sus modelos de negocio tienen una diferencia central: el banco puede adaptarse más rápido al juego. La aseguradora, por la naturaleza de su oficio, carga con tiempos más largos, compromisos más rígidos y costos que muchas veces aparecen tarde, pero aparecen.

Dicho de otro modo: cuando cambia el clima, el banco puede cambiar de paraguas casi en el día. La aseguradora, en cambio, suele seguir pagando la tormenta que tarifó meses o años antes.

Durante buena parte del período 2019-2025, el sistema bancario argentino encontró formas de acomodarse al desorden. Si el crédito privado no era negocio, había liquidez, títulos públicos, instrumentos del BCRA, encajes remunerados, spreads, comisiones, medios de pago y arbitrajes propios de una economía distorsionada. No siempre fue banca en estado puro, pero sí fue una notable capacidad de adaptación al tablero.

Esa es la parte hay que destacar: los bancos pudieron ganar dinero incluso en años donde su función clásica —transformar depósitos en crédito para familias y empresas— estaba débil, restringida o directamente achicada en términos reales. Supieron moverse en el juego. A veces demasiado bien. La pregunta es si eso habla de solidez bancaria o de habilidad para sobrevivir en una cancha inclinada.

Las aseguradoras jugaron otro partido. Porque asegurar no consiste solamente en administrar fondos. Consiste en asumir riesgos, ponerles precio, reservarlos, gestionarlos y pagar cuando corresponde. Y en una economía inflacionaria, judicializada y volátil, ese tiempo entre cobrar la prima y pagar el siniestro puede ser una trampa.

La prima nace hoy. El siniestro ocurre mañana. El juicio puede llegar pasado mañana. Y el costo real, cuando finalmente se paga, muchas veces ya pertenece a otra economía.

Por eso, en seguros, mirar solo el resultado final puede ser engañoso. Hay que mirar también cuánto representa ese resultado sobre las primas y cuánto golpea sobre el patrimonio. Si el resultado sobre primas es negativo, el mensaje es claro: el mercado perdió plata en relación con su propia producción. Y si esa pérdida empieza a comerse patrimonio, deja de ser una molestia coyuntural y pasa a ser una señal de deterioro estructural.

Hay otra forma de mirar esta diferencia, aunque sea como ejercicio contrafáctico: la bolsa. Los bancos argentinos cotizantes tuvieron, con idas y vueltas, momentos de fuerte revalorización, precisamente porque el mercado leyó su capacidad de adaptación al nuevo tablero: liquidez, normalización esperada, crédito que podía volver, eficiencia y recomposición de márgenes. Las acciones de bancos que integran el universo bursátil argentino fueron parte de esas apuestas de mercado. En cambio, si el mercado asegurador argentino hubiera tenido una cotización bursátil representativa, probablemente la lectura habría sido bastante menos generosa. No porque el seguro carezca de valor estratégico, sino porque las pérdidas sobre primas, el deterioro técnico y el eventual castigo sobre patrimonio habrían sido traducidos por los inversores en una señal mucho más dura. Mientras el mercado podía premiar a los bancos por adaptarse al juego, probablemente habría castigado a muchas aseguradoras por padecerlo.

Ahí aparece la gran diferencia. El banco pudo adaptarse al juego financiero del desorden. La aseguradora, muchas veces, tuvo que padecer las consecuencias técnicas de ese mismo desorden.

No porque las aseguradoras no hayan intentado adaptarse. Lo hicieron. Recompusieron tarifas, ajustaron carteras, revisaron coberturas, administraron inversiones, buscaron eficiencia y convivieron con una realidad compleja. Pero su margen de maniobra fue mucho menor. Una aseguradora no puede «repricingar» su pasado. No puede cambiar retroactivamente la tarifa de una póliza mal calculada. No puede hacer desaparecer la judicialidad. No puede convertir mágicamente una mala suscripción en buen negocio porque subió la tasa.

Puede, eso sí, usar el resultado financiero como anestesia. Y durante un tiempo puede funcionar. La renta de inversiones puede maquillar una tarifa insuficiente, una siniestralidad creciente, gastos elevados o una mala selección de riesgos. Pero la tasa puede maquillar, no suscribir. El bono puede ayudar, no tarifar. La renta financiera puede comprar tiempo, no reemplazar el oficio asegurador.

Algo parecido, aunque con otra forma, les pasó a los bancos. Durante años, la Argentina les permitió ganar sin hacer plenamente aquello que justifica su existencia económica: prestar bien, medir riesgo, financiar inversión, acompañar empresas, bancarizar, sostener consumo razonable y transformar ahorro en crédito productivo.

Volver al oficio.

Si el contexto cambia, el examen también cambia.

Si baja la inflación, si las tasas reales se normalizan, si el Estado deja de ser la gran aspiradora del sistema financiero, si el crédito privado recupera espacio y si la competencia se vuelve más fina, se terminará el recreo de los modelos que ganaban más por contexto que por oficio.

A los bancos les tocará volver a trabajar de bancos: evaluar riesgo, prestar bien, competir por clientes, mejorar eficiencia, invertir en tecnología útil y recuperar profundidad financiera sin enamorarse de la regulación de turno.

A las aseguradoras les tocará volver a trabajar de aseguradoras: suscribir mejor, tarifar con disciplina, ordenar carteras, gestionar siniestros, profesionalizar datos, revisar canales, cuidar reservas y entender que el resultado financiero no puede ser el respirador artificial permanente del resultado técnico.

Porque una cosa es que la inversión complemente el negocio. Otra muy distinta es que lo salve.

El período 2019-2025 deja una enseñanza bastante clara: bancos y aseguradoras enfrentaron el mismo barro, pero no tuvieron la misma capacidad de adaptación. Los bancos fueron más ágiles para jugar con las reglas del desorden. Las aseguradoras quedaron más expuestas a los costos reales de ese desorden.

Ahora viene otra etapa. Y quizá sea más exigente.

Porque cuando la marea de lo financiero baje, cuando la inflación deja de esconder defectos y cuando el Estado se corre aunque sea un poco del mostrador, se ve quién sabe nadar por su cuenta y quien andaba nadando con salvavidas pero desnudo.

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