Probablemente sí.
Pero no vine al trabajo a ser feliz.
Vine a hacer algo que tenga sentido, a aportar valor, a aprender, a relacionarme con otros, a crecer y, naturalmente, a recibir una compensación por todo eso.
Si además soy feliz muchas veces mientras lo hago, extraordinario.
El problema aparece cuando la felicidad deja de ser una consecuencia posible y se transforma en una obligación corporativa.
Durante años las empresas buscaron productividad.
Después compromiso.
Más tarde propósito.
Ahora pareciera que también tienen que garantizar felicidad.
Y los empleados, por supuesto, demostrarla.
Un reciente artículo de Knowledge at Wharton vuelve sobre una pregunta interesante: qué significa realmente ser feliz en el trabajo.
Las conclusiones son bastante razonables. Las personas suelen sentirse mejor cuando tienen buenos vínculos, cierta autonomía, variedad en sus tareas y la sensación de que aquello que hacen tiene algún valor.
Pero ahí aparece una confusión frecuente.
Satisfacción no es felicidad.
Bienestar no es entusiasmo permanente.
Y encontrar sentido en lo que hacemos no significa caminar por la oficina sonriendo como si acabáramos de ganar la lotería.
Trabajar también cansa.
A veces aburre.
Frustra.
Hay conflictos, errores, objetivos difíciles, reuniones inútiles, decisiones incómodas y personas con las que jamás compartiríamos nuestras vacaciones.
Eso no significa necesariamente que tengamos un mal trabajo.
Significa que estamos trabajando.
Un médico puede terminar una guardia exhausto y sentir que hizo algo importante.
Un empresario puede atravesar meses complicados y seguir convencido de que vale la pena construir aquello que está construyendo.
Un profesor puede terminar una clase agotado y saber que no cambiaría su profesión.
¿Fueron felices durante todo ese tiempo?
Probablemente no.
¿Valió la pena?
Ahí está la pregunta.
Tal vez deberíamos dejar de preguntarnos si el trabajo nos hace felices y empezar a preguntarnos si contribuye a una vida que consideramos buena.
Eso cambia bastante las cosas.
Una organización debería ofrecer respeto, condiciones dignas, vínculos saludables, autonomía razonable, oportunidades de desarrollo y la percepción de que nuestro aporte importa.
No es poco.
De hecho, muchas todavía tienen bastante camino por recorrer solamente con eso.
Pero pedirle además que nos garantice felicidad quizá sea demasiado.
La felicidad es demasiado importante como para tercerizarla.
Ni en la empresa.
Ni en el jefe.
Ni en Recursos Humanos.
Porque cuando la felicidad se convierte en política corporativa, aparece rápidamente el dashboard, el indicador, la encuesta y, finalmente, alguien preguntando por qué el área Comercial bajó tres puntos en entusiasmo.
¿Son compatibles el trabajo y la felicidad?
Claro que sí.
Pero no vine al trabajo a ser feliz.
Vine a hacer algo que valga la pena.
Y cuando eso ocurre, curiosamente, la felicidad suele aparecer sin que nadie tenga que medirla.
