El crédito no tiene la culpa

El crédito no tiene la culpa

Cada vez que aumenta la morosidad reaparece la tentación de sentar al crédito en el banco de los acusados. Como si prestar fuera una perversión, endeudarse una conducta sospechosa y pagar en cuotas el primer paso hacia la perdición.

Pero sin crédito no hay vivienda, inversión, capital de trabajo ni crecimiento. Mucho menos en un país cuyo problema histórico no es el exceso de financiamiento, sino su escasez.

Como señala Luciano Laspina en una reciente columna de El Cronista, el crédito al sector privado argentino ronda apenas el 12% del PBI, frente al 103% de Chile, el 76% de Brasil y el 40% de Perú. El crédito hipotecario representa alrededor del 1% del producto.

No parece razonable demonizar aquello que casi no tenemos.

El problema no es el crédito, sino la mala gestión de su riesgo. Y esa responsabilidad existe de los dos lados del mostrador.

Del lado de quien presta, cuando confunde vender con otorgar crédito; fuerza colocaciones, relaja criterios o disimula el costo financiero detrás de una cuota aparentemente accesible. Prestarle a quien probablemente no pueda pagar no es inclusión financiera: puede ser apenas una mora diferida.

También hay responsabilidad de quien toma. Cuando mira solamente la cuota, acumula compromisos sin compararlos con sus ingresos o refinancia consumo corriente como si el mes siguiente fuera a traer, por arte de magia, una economía diferente.

Y aparece una variante más delicada: el crédito utilizado para financiar apuestas. La ludopatía puede destruir cualquier evaluación racional sobre capacidad de pago. El crédito no provoca la adicción, pero puede potenciarla y acelerar sus consecuencias. Esto no se resuelve solamente con educación financiera ni con sermones sobre responsabilidad individual: exige prevención, controles y tratamiento.

Hay, además, un tercer protagonista que no puede observar la escena desde la platea: el Estado.

Su responsabilidad no termina en medir la morosidad. Debe ofrecer estabilidad, recuperar una moneda confiable, promover el ahorro de largo plazo y facilitar que ese ahorro se transforme en inversión. También debe exigir transparencia, evitar prácticas abusivas y regular con firmeza el negocio de las apuestas.

Lo que no debería hacer es fijar artificialmente el precio del dinero, promover créditos por conveniencia política, absorber el ahorro disponible para financiarse ni premiar sistemáticamente al incumplidor.

La morosidad no demuestra que el crédito sea malo. Demuestra que algo falló al evaluarlo, otorgarlo, utilizarlo o en el contexto posterior. A veces, todo al mismo tiempo.

Demonizar al crédito por el aumento de la mora equivale a culpar al termómetro por la fiebre.

El crédito no tiene la culpa.

Pero sin él tendremos menos viviendas, menos empresas con bastante menos bienestar y futuro.

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