Los CEO que administraron la transición argentina enfrentan ahora otra pregunta: ¿están preparados para conducir el crecimiento?
Dos artículos recientes pusieron el foco sobre los movimientos en la cima de las empresas argentinas.
LA NACION registró más de setenta cambios en las principales posiciones ejecutivas. El Cronista, por su parte, advirtió que los directorios están revisando si los CEO actuales son los adecuados para una etapa que exige hacer negocios de otra manera. Incluso sintetizó parte del cambio como el pasaje “del CEO inflacionario al CEO de eficiencia”.
¿Estamos frente a simples relevos de nombres o ante una revisión más profunda del liderazgo empresarial?
Desde 2023, las compañías argentinas debieron atravesar una transformación económica y regulatoria que puso a prueba a sus ejecutivos. Inflación, recesión, corrección de precios relativos, desregulación, apertura y modificación de reglas que durante años parecían inamovibles.
En ese escenario, los CEO tuvieron que preservar la caja, reducir costos, renegociar contratos, revisar estructuras y tomar decisiones incómodas. Había que administrar la transición y evitar que la organización quedara en el camino. Quienes lo hicieron bien tienen un mérito indiscutible.
Pero si esa transformación logra consolidarse, ¿son esas mismas capacidades las que se necesitarán para la etapa siguiente?
El crecimiento no es la continuación automática del ajuste. Requiere otra disposición frente al riesgo, al capital y al futuro. Ya no se trata solamente de proteger lo existente, sino de decidir dónde invertir, qué negocios desarrollar, qué tecnología incorporar y qué mercados intentar conquistar.
¿Puede el mismo CEO que fue reconocido por reducir costos ser quien proponga nuevas inversiones? ¿Quien aprendió a decidir pensando en el próximo trimestre podrá recuperar una mirada de cinco o diez años? ¿Y una organización entrenada para no gastar sabrá distinguir entre un costo innecesario y una inversión imprescindible?
Las capacidades que permitieron atravesar la crisis podrían transformarse en una limitación si se mantienen cuando cambia el escenario. La prudencia puede convertirse en inmovilidad; la eficiencia, en ajuste permanente; y el control, en miedo a avanzar.
¿Hasta qué punto seguimos administrando las empresas con mentalidad de escasez? ¿Cuántas oportunidades pueden perderse esperando certezas que nunca llegarán? ¿Y cuánto crecimiento puede reclamarse si nadie está dispuesto a asumir riesgos razonables?
No necesariamente habrá que reemplazar a quienes condujeron la transición. Tal vez el verdadero desafío sea comprobar si pueden cambiar con la etapa. Algunos CEO ampliarán su mirada y reinventarán su liderazgo. Otros quizá descubran que fueron los ejecutivos adecuados para ordenar el presente, pero no necesariamente para imaginar el futuro.
La edad tampoco garantiza la renovación. Hay ejecutivos jóvenes que repiten viejas fórmulas y líderes experimentados que conservan intacta la curiosidad. El cambio no está en el documento de identidad, sino en la capacidad de cuestionar aquello que alguna vez funcionó.
La pregunta alcanza también a los directorios. ¿Están dispuestos a respaldar inversiones cuyos resultados no serán inmediatos? ¿Buscan verdaderamente líderes capaces de crecer o continúan premiando únicamente a quienes mantienen todo bajo control? ¿Se puede reclamar innovación mientras se castiga cada intento que no produce resultados instantáneos?
La transición pudo haber seleccionado a los mejores administradores del ajuste. El crecimiento mostrará cuáles de ellos pueden convertirse en desarrolladores de una nueva etapa.
Si la Argentina que viene finalmente llega, ya no alcanzará con exhibir las credenciales de haber sobrevivido. El próximo liderazgo no se medirá por lo que consiguió preservar, sino por lo que se anime a construir.
Fuentes de referencia:
